La vida está en otra parte
Hoy comparto con ustedes un fragmento de una obra de Milan Kundera, autor checoeslovaco que falleció en Francia hace poco más de un año y que se hizo famoso sobre todo por su novela «La insoportable levedad del ser», que fue llevada al cine y obtuvo varios premios. Pero que también escribió otras obras memorables como la que da título a este comentario, o aquella otra cuyos párrafos iniciales he seleccionado para este post: «La inmortalidad» (incluyo más abajo el link para descargar la novela completa).
Me estuve preguntando por qué elegí para esta sección del blog la denominación de Fragmentos en lugar de Literatura. Encontré una posible respuesta. Creo que la literatura, en sus diversos géneros, es el intento de alcanzar con palabras el acercamiento a niveles de la existencia que nos exceden. A verdades que intuimos mas no podemos expresar con la razón. A cuestiones inefables ( no se pueden describir ni expresar) que las palabras no logran explicar, tan sólo garabatear para que otra parte de nuestro ser las capte en parte de su esplendor.
En tal sentido creo que ni una novela en su totalidad, ni un poema completo, ni ninguna expresión literaria como obra integral logran el mismo grado de aproximación a esos niveles de la existencia ocultos tras la manifestación. Hay párrafos reveladores de una novela o un cuento, versos sublimes de un poema, logradas imágenes verbales que nos transportan a otra dimensión, fragmentos encerrados en palabras que nos confirman: la vida está en otra parte.

Párrafos iniciales de «La inmortalidad»
Aquella señora podía tener sesenta, sesenta y cinco años. Yo la miraba mientras estaba acostado en una camilla frente a la piscina de un club de gimnasia situado en la última planta de un edificio moderno, desde donde se ve, a través de unas grandes ventanas, todo París. Estaba esperando al profesor Avenarius, con el que a veces me reúno aquí para charlar. Pero el profesor Avenarius no llegaba y yo miraba a una señora; estaba sola en la piscina, metida en el agua hasta la cintura, mirando hacia arriba a un joven instructor vestido con un chandal, que le enseñaba a nadar. Le daba órdenes: tenía que sujetarse con las manos al borde de la piscina y aspirar y espirar profundamente. Lo hacía con seriedad, con empeño, y era como si desde las profundidades del agua se oyera el sonido de una vieja locomotora de vapor (aquel sonido idílico, hoy ya olvidado, que para quienes no lo conocieron sólo puede ser descrito como la respiración de una vieja señora que, junto al borde de una piscina, aspira y espira sonoramente). Yo la miraba fascinado. Me quedé absorto en su enternecedora comicidad (el instructor también era consciente de ella, porque le temblaba a cada momento la comisura de los labios), pero después me saludó un conocido, quien distrajo mi atención.
Cuando quise volver a mirarla, al cabo de un rato, la lección ya había terminado. Se iba, en bañador, dando la vuelta a la piscina. Pasó junto al instructor y cuando estaba a unos tres o cuatro pasos de distancia volvió hacia él la cabeza, sonrió, e hizo con el brazo un gesto de despedida. ¡En ese momento se me encogió el corazón! ¡Aquella sonrisa y aquel gesto pertenecían a una mujer de veinte años! Su brazo se elevó en el aire con encantadora ligereza. Era como si lanzara al aire un balón de colores para jugar con su amante. Aquella sonrisa y aquel gesto tenían encanto y elegancia, mientras que el rostro y el cuerpo ya no tenían encanto alguno. Era el encanto del gesto, ahogado en la falta de encanto del cuerpo. Pero aquella mujer, aunque naturalmente tenía que saber que ya no era hermosa, lo había olvidado en aquel momento.
Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que sólo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad. En cualquier caso, cuando se volvió, sonrió y le hizo un gesto de despedida al joven instructor (que no pudo contenerse y se echó a reír), no sabía su edad. Una especie de esencia de su encanto, independiente del tiempo, quedó durante un segundo al descubierto con aquel gesto y me deslumbré.

Breve biografía de MiIan Kundera
Milan Kundera nació en Brno, entonces Checoeslovaquia, el 1 de abril de 1929, falleciendo el 11 de julio de 2023 en París. A lo largo de su trayectoria escribió novela, cuento, ensayo y poesía.
Kundera cursó estudios de Literatura y Estética en la Universidad Carolina de Praga, aunque acabó por estudiar Cinematografía en la Academia de Praga. Durante este tiempo fue muy activo políticamente, formando parte del Partido Comunista Checo, con el que mantuvo una tensa relación, siendo expulsado y readmitido en varias ocasiones hasta su marcha definitiva en 1970.
Fue profesor durante varios años en el Instituto de Estudios Cinematográficos de Praga, pero tras la Primavera de Praga decidió exiliarse en Francia, donde llegó a ejercer la docencia en Rennes y más tarde en l’École des Hautes Études de París. Tras ser despojado de la nacionalidad checa por parte del gobierno comunista, Kundera se nacionalizó francés en 1981.
En lo literario es considerado como uno de los grandes autores del siglo XX, destacando no solo por sus novelas sino también por su producción dedicada al ensayo, la poesía y el teatro. Buena prueba de esto es la cantidad de premios que recibió a lo largo de su carrera, como el Médicis, el Herder o el Cino del Duca. Fue un candidato habitual para obtener el Premio Nobel de Literatura.
Tomado de Lecturalia.com
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