Definitivamente no sabemos aprovechar los adioses. No me refiero a los grandes: nos mudamos de una casa donde vivimos mucho tiempo; abandonamos un trabajo en el que nos sentíamos cómodos y lo pasábamos bien; alguien por quien tenemos mucho cariño se va a vivir lejos de nosotros. No. Esas son cosas que -si no tenemos la piel de un cocodrilo y no estamos totalmente absorbidos por lo que viene – nos sacuden un poco el kiosquito, nos sacan el piloto automático y nos permiten percibir nuestros sentimientos y pensar en ellos. Pero estos hechos no ocurren tan frecuentemente como para transformar nuestra existencia.
No. Me refiero a los pequeños adioses, esos constantes de la vida cotidiana que nos podrían aproximar a la sensación de fugacidad, al «no nos bañamos dos veces en el mismo río», a la arena que se escurre entre los dedos. A la posibilidad de vivir más plenamente cada instante. Pues cada encuentro con alguien, cada visita a un sitio, cada acto repetido en el día a día, es distinto del anterior y puede ser el último. Si pudiéramos mantener esa sensación habría gran cantidad de cosas que no diríamos, otras guardadas que sí diríamos, y muchas cuestiones que habitualmente no apreciamos pasarían a ocupar un lugar importante. Todas ellas están en el presente: lo único que existe, pero que generalmente se nos escurre entre el antes y el después. De otro modo, nuestra relación con la vida y nuestros semejantes sería diferente.
El término «adioses» viene de «a Dios», preposición de acusativo «a» y sustantivo «Dios». Originalmente, la expresión «a Dios» implicaba encomendar a otra persona a la protección divina al momento de la despedida. A lo largo del tiempo, esta expresión evolucionó hacia la forma más concisa y utilizada en la actualidad, “adiós”. En el adios, por tanto, estaba implicada la divinidad, la preocupación por el otro. Estaba, digo, porque para la mayoría de nosotros Dios y el otro no es algo que hoy nos ocupe.
Entre los muchos adioses que podríamos haber compartido en esta oportunidad elegí una sinfonía muy singular perteneciente a Joseph Haydn, la N° 45 en fa sostenido menor, conocida como Sinfonía de Los Adioses, compuesta en 1772.
Fue escrita para el patrón de Haydn, el príncipe Nicolás Esterházy, durante una estancia del compositor en la corte, que incluía una orquesta de unos 25 músicos. Esta orquesta repartía su tiempo entre la finca del príncipe en Eisenstadt cerca de Viena y su gran palacio de verano, Eszterháza, cerca de Suttor, en la actual Hungría.
El príncipe, que no tenía ninguna intención de regresar a la corte húngara, pospuso varias veces el regreso a, vamos a llamarlo, casa. Esto obligó a los músicos a estar alejados de sus familias durante un tiempo indeterminado, lo que produjo un lógico descontento. Haydn, siempre ocurrente, le ofreció una sinfonía en la que, al final , los músicos iban dejando el escenario uno a uno, quedando al final solo dos violines. Según parece, el príncipe interpretó la indirecta y al día siguiente del estreno de Los Adioses, los músicos pudieron volver a casa.
Los aliento a escuchar una simpatica presentación de esta anécdota a cargo de Peter Ustinov y luego a esta hermosa sinfonía que dura unos 27 minutos, con la mayor atención. Porque, como ocurre en la vida, al final de la misma los intérpretes desaparecen, y la música, irremediablemente, se termina.
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