Algunos saben que escribo y me preguntan por qué no publico cosas mías en el blog. La pregunta me incomoda pues no se qué contestar. En principio mi idea del blog ha sido siempre compartir textos, música, misterios y otros temas vinculados a la creación en sentido amplio que me interesan y sobre los que trato de interesar a los demás, es decir, cosas mías. Esa es una respuesta simple, pero huidiza e incompleta ya que ¿acaso no me interesa lo que yo escribo?
Comencé a escribir en la adolescencia, esencialmente poesía (claro). Trabajé luego en Radio Nacional. Me tocó estar en Asesoría Literaria, donde mi jefe, que escribía poesía, me alentó en mis primeros escritos. Conocí y establecí relación con muchos otros escritores/as de distintos géneros. En esos años pensaba que yo también iba a ser escritor, pero nunca me comprometí lo suficiente con esa tarea como para llegar a serlo. Lo más logrado de esa primera época fue un guión que hice para el radioteatro, basado en un cuento mío, que se grabó y difundió, y algunos poemas que publicó el diario La Prensa.

En años posteriores seguí escribiendo de tanto en tanto poemas y cuentos, pero luego me dediqué algunos lustros a escribir notas sobre periodismo científico a partir de una beca que tuve la suerte de ganar en la entonces Fundación Campomar y que me sirvió como medio de trabajo.
Por lo cual, he llegado a los 71 años con una producción literaria más que modesta o para decirlo de modo contundente casi inexistente. Contribuyó – creo – a esta escasa producción mi exagerada autoexigencia, mi inextirpable costumbre de corregir incesantemente lo escrito y mi apasionamiento por desechar mucho de lo creado por parecerme indigno de publicación, lo que ennoblece mi consideración hacia los lectores. ¿Escasa autoestima, inconstancia, falta de imaginación, nada que decir, otras urgencias vitales? Chi lo sa.
Me queda una esperanza. Andrea Camillieri, prolífico escritor italiano, escribió un 90 por ciento de su obra luego de los 70 años de vida, hasta los 93 en que falleció. Aunque ya hay mucho escrito y nada nuevo bajo el sol, ¿para qué insistir?
Pero la poesía – sobre todo – insiste y resiste. Cada palabra es una obra poética. Cada poema es un intento fallido de tocar la eternidad. Cada momento vivido plenamente es un poema inefable, el mejor. Algunas poesías y cuentos rescato de mi naufragio literario. Así que hoy, siguiendo a Borges, tendrán que chuparse – o no – una parte poética de esa mandarina:
«Creo que la poesía es algo que se siente, y si ustedes no sienten la poesía, si no tienen sentimiento de belleza, si un relato no los lleva al deseo de saber qué ocurrió después, el autor no ha escrito para ustedes. Déjenlo de lado, que la literatura es bastante rica para ofrecerles algún autor digno de su atención, o indigno hoy de su atención y que leerán mañana”.
—————-Hoy poemas hoy—————-
Tú siempre esperas

Tú siempre esperas. Desde el vientre materno ya esperabas.
Tu rostro es una fuga de silencio
un callarse constante. Navegas vientos
que soplan de tu centro. Iluminas,
añoras la caricia de una tarde sin prisa de recuerdo.
En la esquina del tiempo y el espacio
buscas alguna frase que te oriente
una medida, tal vez alguna calle
alejada de círculos concéntricos. Cierras los puños
apresuras el paso, te proteges del frío y la metralla.
Tú siempre esperas. Emboscado en la noche
acurrucado, huyes del enemigo sin descanso,
escuchas sueños, alimentas quimeras. Tú
que conoces de todos los letargos,
tú que no duermes, tú que no quisieras
ver tras la risa las lágrimas del llanto. Esperas siempre
encogido, acurrucado, como quien ve el desfile de la muerte,
como el que en un callejón oye los pasos.
Esperas la piedad definitiva
el pulgar señalando hacia lo alto
una caricia enorme que te envuelva
un inocente gesto que te salve
tal vez algún poema decisivo,
aquel en donde sobren las palabras
ese fragmento de ti que no se pierda
sin confiar en milagros, sabiéndote perdido,
contra reloj, en la mitad de un sueño.
Adivinen

Adivinen las palabras para expresar ese dolor:
una espada descargando su filo
sobre un sueño ingenuo y desprevenido
tronchamiento de ilusa permanencia.
Imaginen que ellas abrieran las puertas del paraíso
acepten que son posibles y déjenlas ir.
La casa del tiempo

Exhaló.
El vaivén de su pecho indicaba alguna duda
a punto de saltar sobre el piano.
Rápidamente tomó las llaves
y decidió que era hora.
Los gatos pensaban lo mismo,
lo adivinó en sus gestos.
Tal vez la idea lo inquietaba
pero al verlos creyó escuchar un soneto.
Casi al mismo tiempo
la ventana intuía que era posible y el viento
agitó la cortina.
Fue entonces cuando lo supo:
«extraña es la casa del tiempo».
Oraciones paganas

Apaguemos la luz y recemos en silencio
esa oración que inventamos cuando ya nada puede creerse.
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