Hace ya unos años que he comenzado a valorar cada vez más el silencio. Tanto el silencio exterior (salvo por la música y el fútbol), como sobre todo, el interior. Creo que esto ha coincidido con el acercamiento e ingreso a la vejez; digamos, a partir de los 60 y algo de años en adelante, tal vez cuando sufrí un infarto y percibí la fragillidad y lo transitorio de modo sustancial.

La vejez es el final del camino de la vida y es inevitable, algo a lo que puedes llegar inadvertidamente, sumergido en medio del tráfago cotidiano, en el intento de perpetuidad de aquello con lo que has convivido a lo largo de toda la vida: los deseos y las ansiedades del ego. Pero también, la vejez puede ser una etapa de preparación para la despedida, los acordes finales de la sinfonía, el sendero de encuentro con algo más profundo en nosotros mismos, con el sentido y la revelación de la maravilla que tenemos la posibilidad de integrar hasta el fin de nuestros días.

En este camino me sirve de enorme ayuda la meditación, sobre la que la neurociencia actual ha demostrado ampliamente sus beneficios, acerca de los que he escrito en un post anterior titulado La loca de la casa.

Hoy retomo el tema de la meditación a partir de un libro que me regaló hace unos años una amiga y colega, Biografía del Silencio, escrito por Pablo d´Ors, autor al que conocí a través de esa publicación, que comparto para que descargen en PDF.

D’Ors plantea la posibilidad de mejorar la vida a través del silencio y la atención, es decir, a través de la meditación. Señala que «meditar no es reflexionar», sino hacer silencio interior y exterior, evitando la dispersión. Meditar es una palabra latina que significa permanecer en el centro. Cuando se medita, se peregrina al centro de sí, para evitar la dispersión y lograr una mayor concentración y unificación. Por lo tanto, meditar no es un ejercicio de la inteligencia, no requiere activar esa facultad, pues meditar no es equivalente a reflexionar.​

Según d’Ors, «el principal mal es la dispersión -para estar presente añado – porque estando en tantas cosas no se está en ninguna». La meditación fomenta la capacidad de atención, la facultad de estar en el aquí y ahora.

D’Ors cita a Simone Weil al señalar que el amor es tanto como estar atento, por lo cual preguntándose a qué se está atento se sabrá lo que se ama. Meditar, precisamente, lleva a estar atento o, lo que es lo mismo, a poder amar, que no es otra cosa que saber dar y recibir, ayudar y dejarse ayudar. La meditación realizada de esta forma sirve para combatir el egocentrismo. ​

Mientras que la meditación pone el acento o foco en la percepción, la reflexión centra la atención en las ideas y pensamientos propios. Con la percepción, se está en lo que se escucha, se siente y se percibe fuera de uno mismo. En ese sentido, meditar es una forma de salir de uno mismo y estar en la realidad. Según d´Ors, la meditación conduce a un enfoque más radical de la identidad, es prácticamente el único espacio donde no hay ego, mientras que el ruido es el verdadero terrorismo en el que se vive. «Cuando se derrumba lo externo necesitas ir a los cimientos», expresó en una entrevista cuyo link comparto más abajo.

Datos sobre Pablo d´Ors

Pablo d´Ors, escritor y sacerdote, nació en Madrid, en 1963, en el seno de una familia de artistas, y se formó en un ambiente cultural alemán. Es nieto del ensayista y crítico de arte Eugenio d´Ors, hijo de Juan Pablo d’Ors Pérez-Peix, médico humanista, y de María Luisa Führer. Es discípulo del monje y teólogo Elmar Salmann. A través del video y la entrevista pueden conocer más sobre su vida y obra.

Entrevista en La Nación del 28/12/2024


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