Alguien dijo en algún momento y lugar «Contra la eternidad, la belleza del instante». Coincido plenamente salvo por la preposición. Hoy intento acercarte al tema de la eternidad y el instante a través de dos fragmentos de poemas, un relato escrito a término de la pandemia y un párrafo del libro «La mística del instante».

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el agua
y que nuestra faz es como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa noche
que jamás tiene fin y es nuestro sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir los ultrajes de los años
en una música, un rumor y un símbolo.


Fragmento de un poema de Jorge Luis Borges


Instantes

Imagina las palabras para expresar ese dolor:

espadas descargando su filo

sobre un sueño ingenuo y desprevenido,

de ilusa permanencia.

Figúrate que esas palabras

abrieran las puertas del paraíso

admítelas posibles y déjalas ir.

La sensación bajó como un rayo el día 153. Cada una de sus células se llenó de claridad. El cocktail de equilibrados sentimientos que la inundó tenía un sabor de alegría y victoria, como si hubiera resuelto la cuadratura del círculo y eso la instalara en un lugar definitivo. Todo eso sentía mientras volvía caminando lo más rápido que podía hacia su casa.

Antes, Leonor había pasado por una variada serie de estados. Lo peor fue casi al inicio. Al séptimo día de cuarentena su marido comenzó a sentirse mal. Dos días después lo internaron en la clínica. Al principio hablaban por teléfono bastante seguido. Pero su situación fue empeorando y un día no pudieron comunicarse más porque tuvieron que entubarlo. Días después, casi una eternidad, le avisaron que había muerto.

Recibió innumerables videollamadas y mensajes de hijos, familiares y amigos que a la distancia trataron de acompañarla. No dejaban de parecerle lejanos, pese a la emoción que trasmitían y a las lágrimas que le arrancaban. Mientras veía y escuchaba estaba imaginando, y hasta deseando por momentos, seguir el mismo camino que Angel. Mas no, pasaron los días sin que apareciera ningún síntoma extraño. Se sentía mal, pero se sentía bien. Iba entre esos extremos sin encontrar nada en el medio.

Desganadamente fue armando una rutina. Se despertaba temprano escuchando bajito la radio que ponía debajo de la almohada. Al principio prestaba atención. De a poco iba entrando en un semisueño de tiempos variables al que le llegaban murmullos lejanos. Luego volvían implacables las noticias con los datos de contagios y fallecimientos en países diversos y en el propio, que terminaban por llevarla a un estado indefinido.

Luego de un baño bien caliente y de limpiar el vapor del espejo, se ponía una bata e iba a la cocina a preparar el desayuno. Café, tostadas, manteca, dulce y dos tazas con sus respectivos platos y cucharitas. Indefectiblemente se servía dos veces, una en cada taza. A veces a esa hora alguno de sus hijos la llamaba o le mandaba algún video por whatsapp para levantarle el ánimo con la potencia regeneradora de los nietos. Por un rato surtían efecto.

La rutina siguió configurándose con las compras. Día a día fue sumando proveedores. Carne, pescado, verduras, frutas, todo lo necesario hasta la puerta de su casa. La jubilación le alcanzaba justo para estar provista y pagar los gastos. Sobre todo al principio, cuando comía bastante poco. Yendo una vez por mes al cajero automático y pagando por internet no tenía que pisar la calle.

Al comienzo cumplío mecánicamente lo de no salir, siguiendo las instrucciones que le llegaban en los noticieros del mediodía y de la tarde. En verdad no le importaba lo que pudiera ocurrirle afuera, pero percibió que no necesitaba salir. Nada de lo que podía encontrar fuera de su casa le llamaba la atención, y la realidad que le traía el televisor era muy poco alentadora.

Los primeros sesenta días extrañaba la presencia de los parientes más cercanos y los amigos. Se conformó con llamarlos y verlos por internet. A medida que pasó el tiempo fue espaciando los llamados, ya no lamentaba tanto la falta de contacto personal. Luego le pareció suficiente responder a quienes llamaban. En algunos casos hasta trató sutilmente de alejarlos. Finalmente, se conformó con responder a los más cercanos, aceptando gustosa sus propias frecuencias de contacto. Como que cada tanto se abría la ventana y llegaba una brisa fresca.

Al día 70 las noticias de la mañana no eran nada aupiciosas, pero sabía que sus seres queridos estaban todos bien. Siguiendo el ritual entró en el murmullo y el semisueño de la radio. Se despertó pensado qué otra cosa podía añadir a su rutina. Recordó que allá lejos y hace tiempo Angel y ella habían practicado meditación con un amigo que era monje zen y se dijo, por qué no. Nada mejor que tener la mente en blanco. Esa era su visión de la cosa en ese entonces.

Esa mañana, luego del desayuno en sus dos tazas de café, se dirigió a un cuarto donde tenía un par de sillones y una alfombra. Tiró un almohadón sobre ella y se obligó a sentarse como quien está dispuesto a cumplir un castigo. Miró el reloj de péndulo, trató de relajarse y tomó la posición intentando concentrarse en la respiración. Quince minutos después, con la mente revuelta de pensamientos mayormente oscuros decidió finalizar, pero con la firme intención de intentarlo al día siguiente. Y así lo hizo, con persistencia y resultados dispares.

Un mediodía de los mediodías no vio las noticias. Prefirió navegar por You Tube. Comenzó a surfear viendo videos al azar sin engancharse con ninguno. Hasta que encontró un recital de música. Era un concierto de jazz. Nunca había tenido particular predilección por el jazz, que tanto disfrutaba Angel, pero en ese recital la atrapó el gesto de uno de los músicos, el contrabajista. Seguía el ritmo con una sonrisa y todo su cuerpo parecía concentrado en la interpretación, tanto la suya como la de sus compañeros. Algo así como un mini éxtasis. El tema era agradable, cada intérprete tenía su solo en el que los compañeros lo miraban compenetrados con las notas que iban saliendo, como si cada uno de ellos las dictara. Duró unos veinte minutos, que la dejaron muy impresionada.

Una tarde recibio una videollamada de uno de sus hijos. Le preguntó en qué andaba y le dijo que la notaba lejana, aunque un poco más animada. En nada, no ando en nada, meditando, le respondió ella, y se quedó callada. Por suerte uno de sus nietos entró en la conversación, que tomó el carril propio de los diálogos con los niños pequeños. Diez minutos después se despidió, contenta de verlos bien. Su hijo estaba trabajando por internet y su nuera por el momento cuidaba a los dos chicos y los asistía en las clases virtuales de la escuela.

Otra noche, entre milanesas, puré y una copa de Malbec, al que comenzó a hacerse habitué, miró por costumbre las noticias. Las cosas no iban nada bien. Crecían los contagiados y la situación económica se iba complicando cada vez más. Las camas de terapia intensiva estaban ocupadas en un alto porcentaje y en ciertas zonas algunos enfermos graves tenían problemas para conseguir su lugar. Al menos Angel no tuvo ese problema adicional, pensó. Siempre se podía estar peor. Pero ya no lo pensó con tanta tristeza ni melancolía, sino como la simple constatación de un hecho.

A diferencia de lo que había ocurrido desde el primer día, esa noche durmió profundamente, sin sueños que pudiera recordar por la mañana. Dejó la persiana de su dormitorio abierta y se despertó algo más temprano de lo habítual. Sin radio, sin murmullos, sin noticias, sin baño caliente, sin vapor; mirando desde la cama el fresno invernal del frente de su casa del que provenían los cantos de los pájaros.

Durante el desayuno sorprendió a sus tres hijos con breves videollamadas. Comprobó que estuvieran todos bien y luego disfrutó su segunda taza de café, en su propia taza. Aspiró el aroma, untó otra tostada y estuvo mirando por la ventana el movimiento de la calle. Le pareció ver más personas, chicos con sus padres, autos. El encierro se iba deshilachando más allá de las puntadas que intentaban darle las autoridades a la cuarentena en su día 120.

Mañanas más tarde, la meditación estuvo intensa, placentera y le trasmitió mucha paz. La postura no la había atormentado como otras veces y su mente estuvo plácida como un lago. Decidió ponerse el barbijo y salir a caminar por el barrio. Se cruzó con algún que otro vecino cargando alguna bolsa o arrastrando un changuito. Hizo unas diez cuadras por la calle de su casa en dirección a Chacarita hasta que se enfrentó con el paredón del cementerio. Se detuvo frente a la puerta principal por la que aún no se podía acceder y observó hacia el interior la amplia avenida arbolada bordeada de panteones. Hacía un poco de frío pero había un sol radiante y una intensa claridad. Permaneció allí, con la vista perdida en el fondo de esa avenida y la mente en la imagen de su marido.

Luego volvió al paso por Federico Lacroze mirando al pasar los negocios que habían cerrado definitivamente y los que acababan de abrir con las restricciones y protocolos del caso. Se le ocurrió que era como un adelanto de la primavera comercial, los primeros tímidos brotes luego de un invierno inusualmente crudo, más por las circunstancias que por el clima.

Al llegar a su casa puso You Tube en el televisor, lo conectó al equipo de audio y buscó algo de música. Escuchó un poco de jazz pero esta vez no era lo que necesitaba. Siguió buscando un poco al azar y finalmente se quedó con la Sinfonia del Nuevo Mundo. Cerró las ventanas, subió bastante el volumen, se repantigó en el sillón, cerró los ojos y se dipuso a disfrutar del viaje. No fue la primera vez que oía esa sinfonía de Dvorak, aunque tal vez sí la primera vez que la escuchó. Aproximadamente 40 minutos más tarde retornó a su living. Serían las tres de la tarde y no había almorzado, ni lo necesitaba, pero la costumbre la llevó a tomarse un café y comerse un sandwich. Encontró particularmente sabroso el jamón y la sorprendió el intenso aroma del café.

El día 153 llovía suave y persistentemente luego de una noche de tormenta. Leonor se despertó bastante temprano y estuvo mirando la lluvia desde la cama largo rato. Había dormido espectacularmente y hacía una temperatura agradable. Luego del desayuno, a eso de las 8, se puso un piloto y botas de lluvia y salió a caminar. Caminó hacía Chacarita, esta vez con la firme idea de entrar, ya que se había habilitado el acceso al cementerio.

Al llegar encaró la avenida arbolada de entrada mirando las solitarias bóvedas a ambos lados y siguió hasta el fondo, hacia el sector de las tumbas. Deambuló entre filas de lápidas leyendo algunas inscripciones que le llamaron la atención. Casi llegando al final de una fila descubrió una tumba abierta y vacía. Solo se veía el pozo y la tierra removida. No había nadie a la vista.

Se sentó en un banco cercano y se quedó mirando el hoyo mientras una tenue llovizna la envolvía. Recordó el día de su casamiento, el nacimiento de los hijos y algunas otras fechas memorables hasta que una mueca de sonrisa fue reemplazando a las lágrimas iniciales. Miró hacia el cielo y vio que algunas nubes huían dejando espacio al sol. Recorrió con la vista las copas mojadas de los árboles y el brillo de las gotas de agua sobre las hojas, sin pensamientos ni intención alguna.

Un rato más tarde, un cuidador del cementerio se le acercó y le preguntó si estaba bien. Lo miró a los ojos sorprendida, como volviendo de algún lugar, y le agradeció su preocupación. Miró el reloj y vio que eran casi las 12. De repente una idea le cayó como un rayo. Ese día, el 153 de la cuarentena, coincidía con su cumpleaños. Era su cumple, el celular no estaba en su cartera, seguramente había quedado en la mesa de la cocina, y sus hijos seguro la estarían llamando. Se puso de pie y emprendió el retorno directo hacia su casa a paso veloz.

Al llegar vio estacionado frente a su casa el auto de Fabián. Entró y lo encontró con Ernesto en el living, con caras demudadas. “Mamá, qué te pasó, dónde carajo te metiste? Te llamamos a las 9 y algo, al de línea, al celular. Como no contestabas lo pasé a buscar a Ernesto y nos vinimos al toque. Hace dos horas que estamos acá sin saber qué hacer. Encontramos la casa vacía, tu celular en en la cocina. Hablamos con los vecinos, ninguno sabía nada ni te había visto salir. ¿Estás bien? ¿Adónde fuiste?”

Leonor, que por precaución no había estado con ellos desde el inicio de la cuarentena, los abrazó. “Qué bueno verlos, que bueno verlos, 153 días, es increíble que haya pasado tanto tiempo. Si les digo que me olvidé que era mi cumpleaños y salí a caminar por el barrio me creerían?”

“Estás chapita vieja”, le dijo Ernesto ofuscado, “ la meditación te está quemando la cabeza”.

“Tranqui Ernesto”, terció Fabián. ¡Feliz cumple vieja! Qué cagazo me hiciste pegar. Por un momento…”

“Por un momento qué…” sonrió Leonor.

“Nada, nada -interrumpió Ernesto – ¿tenés algo para brindar?”

“Por supuesto, por supuesto, el Malbec ya nunca me abandona”, respondió Leonor.

Ricardo Gómez Vecchio, en memoria de quienes partieron con la pandemia

"Dime ¿por qué si lo que buscas 
no existe en lugar alguno,
te propones viajar allí a pie?
La ruta que debes recorrer tú mismo
se encuentra en pulir el espejo de tu corazón."

"Tu vida es sólo un bocadito en Su boca
Su fiesta es tanto una boda como un velorio.
¿Por qué debiera la oscuridad apenar el corazón?
ya que la noche está preñada de nuevo día."

"La llegada de la muerte es la llave
que abre el reino desconocido;
si no fuera por la muerte,
la puerta de la verdadera fe permanecería cerrada."

Fragmentos de El Jardín Amurallado de la Verdad, de Hakim Sanai

«La verdad es que necesitamos reconciliarnos con el tiempo. No nos basta con un concepto de tiempo lineal, ininterrumpido, mecanizado, puramente histórico. El continuum homogéneo del tiempo que dibuja la teoría del progreso no conoce la ruptura que trae consigo la sorprendente realidad. Y la redención es esa novedad. Tenemos que identificar un doble significado en el presente instante. El presente puede ser un pasaje horizontal y cuantitativo desde la perspectiva de una realización entre este instante y el que le sucede. Pero el presente también tiene un sentido vertical, que cualifica de nuevo el tiempo, abriéndolo a la eternidad. Es el tiempo cualitativo, epifánico».

Párrafo del libro «La Mística del Instante», de José Tolentino Mendonca


Descubre más desde Esencias de Letras

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.