En busca del placer lírico
Leí esta novela por primera vez allá por los años ochenta, cuando trabajaba en asesoría literaria de Radio Nacional, y siempre supe que era una obra a la que iba a retornar muchas veces. No tanto por su contenido, que describe el paso de la adolescencia a la primera adultez con un alto contenido autobiográfico, sino por la belleza de la prosa de Francisco Umbral, o Francisco Alejandro Pérez Martínez, como era su verdadero nombre. Aunque el nombre que un artista elige termina siendo más verdadero que el recibido, o al menos más sugerente.
Paco Umbral, como también se lo llamaba, nació en Madrid en 1932 y murió en esa misma ciudad en 2007. Fue narrador, cuentista, ensayista y periodista. Su obra narrativa posee influencias de Mariano José de Larra, Benito Pérez Galdós y Ramón Gómez de la Serna. Comenzó con Balada de gamberros (1965) y Travesía de Madrid (1966). Más adelante escribió El giocondo (1970), Memorias de un niño de derechas (1972), Mortal y rosa (1975), novela de tono intimista y desesperanzado, y la que hoy nos ocupa, Las ninfas (1976).
Luego, su obra llegó a un total de 26 novelas, 20 ensayos, 17 memorias, 10 diarios, 6 relatos, 2 libros de poesías, una biografía, misceláneas, diccionarios y guías, antologías, libros de conversaciones, y una enorme cantidad de artículos incluidos en varias recopilaciones de sus crónicas periodísticas.
Considerado una de las figuras más relevantes de la literatura española del siglo XX, fue galardonado con el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1996 y con el Cervantes en el 2000, por citar los más destacados. Se mantuvo al margen de las tendencias literarias más modernas. Su prolífica producción se destacó por el uso de un léxico popular, una prosa contundente y un original estilo lírico.
Este estilo lírico, con el que desde un primer momento me sentí muy identificado, sus maravillosas imágenes, descripciones de personajes y el tono autobiográfico de Las Ninfas hacen de esta obra una verdadera joyita literaria a la que he vuelto numerosas veces, total o parcialmente, a lo largo de los últimos cuarenta y cuatro años.
Para tentarlos, si es que ya no la han leído, les comparto varios fragmentos, incluyendo el párrafo inicial y el final, que lejos de ser spoilers confío en que los va alentar a descargar el libro en PDF que incluyo en el post. Que lo disfruten.

Fragmentos de «Las Ninfas»
Párrafo inicial (pag 7)

La habitación era cuadrada, o rectangular, u oblonga, o quizás fuese oblongamente rectangular, oblongamente cuadrada, rectangularmente ovalada, elípticamente cuadrada, no sé, quién sabe. La habitación, quizás, era
cada día de una forma. Cada tarde, cada noche, cuando la lluvia azul de sus paredes descendía como un lento desangramiento atardecido, como una humedad del tiempo más que del aire, como un llanto de las cenefas o una
respiración de los espejos.
La habitación tenía una atmósfera azul, en todo caso, pero bien sabíamos que el revés de aquel azul era un sepia, un sepia quemado, un sepia de recuerdo, magnesio y olvido. Digamos que la voluntad de la habitación era azul, que la habitación tenía una voluntad de azul, o una voluntad azul, más sencillamente, pero de vez en cuando quedaba traicionada por el sepia, le salían del fondo de los armarios y de los cajones, y de debajo de las mesas
y de las alfombras, y por detrás de los espejos y de los cuadros y de las fotografías, unos rebordes sepia, unas cenefas, unos zócalos tristes. Como una mujer que se viste de azul y de pronto sonríe y le vemos un diente de metal.
El azul era nuestra fe en la vida y el sepia era la verdad de la vida, el color triste y antiguo que se iría comiendo los azules, el fuego tibio y soso que va empalideciendo las cosas, pero todavía éramos lo suficientemente jóvenes
como para no ver o no querer ver el sepia, como para dejar que nuestras almas -barbos líricos- nadasen en las aguas azules de la habitación azul. Tenía, sí, la habitación, retratos solemnes, espejos con vida, muebles reverentes,
mesas autoritarias, todo del color hondo de la madera con memoria, pero todo bañado en el añil ideal, voluntario y mojado de aquellos días. Hasta que por cualquier resquicio asomaba el sepia triste, un sepia de ratas, olvidos, pobreza o pasado.
Fragmento (pag 13)

Así pues, si yo iba a ser poeta, lo mejor era ir al encuentro de la poesía, y en tardes neblinosas, en anocheceres densos de soledad, atrozmente invernales, me encaminaba yo hacia el barrio universitario, cruzaba plazas de plateresco, con escudos de piedra y faroles retrospectivos, todo deteriorado por un vaho de frío, todo envejecido por unas aguas secas y nocturnas. La cultura, pues, la poesía, iba a tener ese carácter nocturno e invernizo, aunque tardaría yo algunos años en leer el verso del poeta ruso:
«Cuando el farol calvo le quita las medias a la noche».
Un farol iluminando una urna doctoral, un escudo de piedra, una triste luz municipal esclareciendo la gloria perdida de un retablo plateresco, eran todo el milagro de la cultura, su epifanía sorda, en aquellos anocheceres en que el niño solitario, el adolescente a la busca de su propio perfil, paseaba los barrios universitarios de la pequeña ciudad.
Yo no sabía que Trotsky había muerto de hachazo estaliniano, dejando su sangre revolucionaria sobre la ilustre arcilla de México, y que antes de eso había escrito contra el fondo bohemio y burgués que hay en todo el arte,
incluso en el que se cree subversivo, yo no sabía casi nada, en aquellos crepúsculos morados y negros de niebla y silencio, pero intuía que la cultura era un mundo aparte, una salvación, un ámbito más pacífico, menos sangriento y menos apremiante que la vida.
Fragmento (pag 16)

A todos los hombres nos gustan las mujeres, pero hay una raza especial y masónica de obsesos, de devotos, de profesionales, digamos, y yo llegaría a leer en una novela galante de antes de la guerra, por entonces, que «la
mujer es un sacerdocio», frase que me estremeció, pues ya estaba más o menos decidido yo a dedicar mi vida a aquel sacerdocio (con olvido temporal del sacerdocio literario y con rechazo previo del sacerdocio religioso a que
quería dedicarme mi madre). Ocurre, pues, que cuando dos fervorosos de la mujer, dos apasionados, dos obsesos, dos profesionales, por decirlo de alguna forma, y aunque fuésemos sólo profesionales en ciernes, por entonces,
se encuentran y se reconocen, es como si se hubieran reconocido dos alcohólicos o dos pederastas. Se establece una comunicación profunda, una amistad distinta, una identificación, y luego tendría yo en la vida esos encuentros alguna otra vez con mi doble erótico, pero el primero fue Miguel San Julián, al que, sólo por eso, ya no podría olvidar nunca.
Miguel San Julián no leía libros ni tenía inquietudes literarias ni sabía lo que era eso. Estudiaba en una escuela de maestría industrial o cosa así, para ser un obrero especializado, por encima de los oscuros escalafones ferroviarios
en que se había movido su padre, y nada más. En él descubrí yo, asimismo, al ser natural, al chico-chico, sin traumas sentimentales, literarios ni de identidad. Porque incluso su obsesión por la mujer era una cosa que llevaba con naturalidad, remitiéndose siempre a la anécdota y a la esperanza, sin frustraciones ni visiones. Leía tebeos -que yo había abandonado hacía tiempo, y éramos de la misma edad-,jugaba al fútbol, hacía su trabajo y sus estudios, y se bañaba en la acequia en el buen tiempo, con los otros chicos, con el herrero, el panadero y el francesito, esperando tener edad suficiente para bañarse con la novia, como su hermano mayor, cosa muy mal vista en la ciudad y que sólo hacían algunos obreros desvergonzados y algunas señoritas que luego tenían que emigrar al anónimo de Madrid.
Fragmento (pag 26)

La religión era eso: un quitarle el peligro a la vida pretendiendo quitarle el pecado. Un quitar la vida, en realidad. La religión presentaba siempre el peligro como pecado y el pecado como peligro, en un pobrísimo juego dialéctico, de manera que predicaba una moral de la seguridad y el resguardo, con respaldo final en el cielo (como el respaldo de terciopelo azul de los sillones de algunos de aquellos frailes). Pero aquellos frailes de los sillones no podían eliminar el encanto de la vida, su llamada, su perfume, y entonces hacían dentro de la congregación, en los patios y en los salones, una lamentable imitación de la vida, y llegaban a decirnos: «Todo lo que puedas encontrar por ahí, lo encontrarás también aquí». Pero yo no encontraba allí una acequia para bañarme desnudo, ni una novia improvisada y deparada por Miguel San Julián, ni unos poetas eróticos y sentimentales como los que compraba a la puerta del mercado o encontraba en la habitación azul. El afán de rodear la vida de seguridades, de vallas, para que nadie se pierda ni se ausente, lleva al zócalo final del cielo, que es también como una red azul para salvarse de la caída en la muerte.
Fragment (pag 34)

No sólo al mercado me enviaba mi familia, sino también a las pequeñas tiendas del barrio, y en aquellas correrías con la bolsa de la compra me pareció entrever alguna vez a uno de los miembros del Círculo Académico,
el orador de la melena y los dientes apretados, de quien ya sabía yo que se llamaba Darío Álvarez Alonso, y que pasaba despacio, pero como huido, por calles estrechas con muchas carbonerías. Temí saber la realidad: que
Darío Álvarez Alonso también hacía recados.
Porque podía soportar mi dolor y mi humillación, a los que ya estaba acostumbrado, pero no podía soportar que uno de mis ídolos literarios se me viniese abajo, porque yo tenía a aquellos poetas y escritores del Círculo
Académico (y en especial a aquél, a Darío Álvarez Alonso), situados en un limbo de luz y versos, de patios y cultura, de claustros tranquilos adonde no llegaban los gritos del mercado ni el metralleo de las máquinas de escribir
de mi oficina, y les imaginaba paseando siempre por aquellos claustros, en un sol tranquilo, sin otra ocupación que intercambiarse metáforas de los clásicos y ocurrencias propias. Eso era para mí la literatura.
Fragmento (pag 57)

El rumor de aquellos amores andaba por todo el barrio. A pesar de la congregación, a pesar del padre Valiño y de los ejercicios espirituales para ciegos, del padre Tagoro, tan edificantes, el pobre Cristo-Teodorito había caído en la tentación más cercana y llameante del barrio. ¿Cómo había podido ser? No se me ocurría hacer ironías sobre el destino de mi presunto redentor, del presunto salvador de mi alma y de mi cuerpo en el seno cálido y azulino de la congregación, sino que me interesaba el caso psicológicamente, con deformación de los narradores psicologistas franceses y españoles -Galdós- que estaba empezando a leer. (Lo que Darío Álvarez Alonso llamaba «novela de caracteres» con un cierto desdén, pues debía estar empezando a ser cosa pasada, aunque yo acababa de descubrirla.) Yo me había burlado de Cristo-Teodorito y su pureza, incluso delante de él, aquella pureza de congregación en la que no creía y que, por otra parte, era probable que ni siquiera existiese, pero ahora que mi doble y modelo se venía abajo, no era la ironía lo que me brotaba, sino la curiosidad, el interés casi científico por el
caso. Yo no había tomado nunca en serio la entereza moral de Cristo- Teodorito ni de nadie (en eso creía yo que residía mi prematura madurez), pero cuando, efectivamente, esa entereza moral se venía abajo, era el primer sorprendido y trataba de descifrar las leyes de aquel fenómeno, contagiado sin duda, y sin saberlo, de un positivismo que estaba en casi todo lo que había leído en prosa, como resaca del siglo anterior remansada en los libros
amarillos y oscuros de la habitación azul.
Fragmento (pag 60)

…y estaba también Empédocles, aquel viejo músico, violinista, que había sido famoso en la ciudad, y decían que en España, y que había ahogado su fama, su gloria y su virtuosismo en alcohol, bohemia y sodomía. Empédocles (apodo más eufónico y cómico que clásico, que le habían puesto los amigos por onomatopeya, con referencias de retrete, y que ocultaba su verdadero nombre, famoso otrora en los programas de mano de los conciertos), no cantaba a los verlenianos violines del otoño (que yo escuchaba y leía en una traducción de cubiertas verdes y papel biblia que había en la habitación azul: «llueve en mi corazón», etc.), sino que tocaba directamente los violines del otoño, los hacía sonar en sus manos con temor y temblor, y se decía que, en la locura del alcohol, aseguraba que su violín, último resto de su naufragio, tabla lírica y rubia del náufrago, era un stradivarius, cosa que tampoco había por qué poner en duda. Él mismo, realmente, era un auténtico stradivarius humano.
Fragmento (pag 78)

La doña Nati era mujer grande, giganta, de pelo negro y apretado en moño, de rostro redondo y hermoso, sombrío de ojos y ojeras, cruel del rojo de la boca, suntuoso de una viruela leve que le había dejado en las anchas mejillas como picadura de pájaros en manzana o señal de metralla en estatua de piedra. La doña Nati, casi siempre de negro, paseaba grandes senos, ingentes glúteos, fornidas piernas en medias de malla, en los anocheceres tranquilos. Había tenido una juventud triunfante entre los señoritos golferas de la acera de las casas blancas, frente al parque, había sido la cocotte de moda, pues con esta palabra se decía antes de la guerra, y luego, en la paz, puso una casa de niñas para moros y regulares, para soldados y rezagados del combate, hasta que un noble de la ciudad (se decía que el difunto marqués, del que doña Victoria estaba hoy viuda) la retiró, la instaló en un pisito limpio y secreto, siempre dentro de aquel barrio maldito (que colindaba con el mío) y la doña Nati vivía tranquila, recibiendo el dinero y la visita semanal del aristócrata, y paseando en los anocheceres un perro lobo de muy buen pelo, largo rabo rizado y peligroso mirar. La doña Nati, que se creía redimida por su avío con aquel noble, llegaba en sus paseos con el perro hasta nuestro barrio, y pasaba por mi calle siempre sola y orgullosa, como buscando la provocación a la otra, a doña Victoria, la marquesa, en sus propios dominios.
Párrafo final (pag 98)

Qué tonterías, dije casi en voz alta. Pero hay siempre en la vida y en los viajes ese cruce de trenes en que uno no sabe adónde va ni por qué se va. Es preciso volver a razonarlo todo mentalmente, pero se hace esto sin convencimiento. Claro que, del mismo modo que no hay razones para irse, tampoco las hay ya para quedarse. Y es cuando uno se va. Pagué el café y me puse en pie, saliendo de la cantina, al andén, donde la brisa de la mañana
me estremeció un momento, y el sol me cegó. Todavía buscaba involuntariamente, con la mirada, entre los obreros lejanos que se movían en torno a unos vagones, en vía muerta, la cabeza rubia de Miguel San Julián. Era
un último y mudo grito de socorro al pasado. El andén se inquietaba con la inminencia del tren, que estaba al llegar, y cuando vi la locomotora en el horizonte, me sentí más seguro, como la noche que había contemplado las
máquinas del periódico, porque esta raza de acero y poder creada por el hombre no deja de contagiarnos su fuerza y su salud. Toqué el cartoncito del billete ferroviario en el bolsillo, porque, a punto de partir, un billete de
tren se toca ya como un talismán. Una señora de pieles, sedas y lutos pasó delante de mí, tras el mozo de carretilla que le llevaba las maletas, y me dejó una estela de su perfume. El viejo, sabido e indeleble perfume de mi ciudad.
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