«La historia está llena de gente que por temor, ignorancia o ambición de poder ha destrozado tesoros de valor inconmensurable que, ciertamente, nos pertenecían a todos. No debemos dejar que vuelva a ocurrir», expresó Carl Sagan en un video que hizo allá por la década del 80 del siglo pasado.
Medio siglo después de esta advertencia de Sagan refiriéndose a la Biblioteca de Alejandría, pareciera que la humanidad, o al menos parte de ella, particularmente la que la dirige, manipula o explota, no ha tomado conciencia de lo que estas destrucciones significan, del valor central del saber para el hombre, ni del verdadero objetivo de la vida humana.
Aparentemente, a lo largo de la historia, quienes llegan al poder siguen siendo los menos indicados para guiar a sus congéneres hacia una convivencia pacífica y en armonía con el resto de la creación. La destrucción, el sometimiento y la ambición personal se siguen imponiendo, más allá de los avances en el conocimiento y la tecnología, en buena medida utilizados para el sostenimiento de una sociedad desconcertada. La eterna lucha entre el conocimiento y la sabiduría, tanto a nivel individual como social.
En «la Biblioteca de Babel», cuento escrito por Jorge Luis Borges en 1941, el escritor argentino imaginó una «biblioteca universal» o «total» en la que estarían reunidos todos los libros producidos por el hombre.
«Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza», expresa en el cuento, en lo que hoy nos parece una esperanza inalcanzable.
Sin duda, el modelo de ese cuento se halla en la Biblioteca de Alejandría. Creada pocos años después de la fundación de la ciudad por Alejandro Magno en 331 A.C., esa colosal biblioteca tenía como finalidad compilar todas las obras del ingenio humano, de todas las épocas y todos los países, que debían ser «incluidas» en una suerte de colección inmortal para la posteridad.
La desaparición de la Biblioteca de Alejandría es uno de los más simbólicos desastres culturales de la historia, comparable con la quema de libros que siguió a la toma de Constantinopla por los cruzados en 1204, la que tuvo lugar en 1933 en la Bebelplatz de Berlín a instancias del ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels; o más cerca en el tiempo, al incendio de la biblioteca de Bagdad, en 2003, ante la pasividad de las tropas estadounidenses.
Lo cierto es que desde su institución en el siglo III A.C, la Biblioteca de Alejandría creció hasta llegar a su apogeo, para luego sufrir distintas guerras, contratiempos y abandonos. Estos comenzaron en el año 47 AC, con Julio César como principal protagonista, y se extendieron a lo largo de los siglos hasta el golpe de gracia, en el año 640 DC. En ese año, el Imperio bizantino sufrió la irrupción de los árabes y Egipto se perdió totalmente. La ciudad de Alejandría fue capturada por un ejército musulmán comandado por Amr ibn al-As. Y este general, según la tradición, habría destruido la Biblioteca por orden del califa Omar.
Con este triste final de la Biblioteca se perdieron multitud de conocimientos antiguos, que habían sido llevados allí desde diversas partes del mundo y también otros que habían sido desarrollados entre esos muros, como los que menciona Sagan cuando se refiere en el video inicial a Hipatia de Alejandría. Es difícil imaginar cuánto se demoró el desarrollo científico y técnico a partir de esa pérdida. Y más aún, cuántos de los saberes perdidos vinculados a la filosofía y otras disciplinas humanísticas podrían haber colaborado a un desarrollo más equilibrado de la civilización actual. Pero pueden darse una idea de ello con el siguiente video que les comparto.
Más información sobre la Biblioteca de Alejandría
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