Hermann Hesse, escritor que nació en Alemania en 1877 y falleció en Suiza en 1962 víctima de una hemorragia cerebral mientras dormía a los 85 años de edad, tuvo una larga y productiva vida que atravesó dos guerras mundiales. Hoy comparto con ustedes fragmentos y el libro en PDF de una de sus bellas obras poco conocida: “Elogio de la Vejez”.
Herman Hesse pertenece a los artistas que tuvieron la suerte de llegar a viejos, de conocer así todos los estadios de la vida y poder presentarlos de una manera característica. Que un hombre de natural tan complejo y vulnerable, como él era, y con una vida de tal intensidad y productividad alcanzase la edad de 85 años, no fue algo que cayera por su propio peso. De ordinario con la dotación crece también el riesgo y con la intensidad suele asociarse la brevedad de la duración de la vida, y las más de las veces quienes se apartan de la norma y emprenden caminos propios y más independientes respecto de los impedimentos y resistencias que sus semejantes suelen presentarles, por lo general caen antes que quienes son capaces de arreglarse «con el mundo tal como es» acomodándose y sometiéndose al mismo. Al menos dos veces, una en su intento de suicidio a la edad de 14 años y más tarde, cumplidos ya los 46, en la crisis anterior a la redacción de “El lobo estepario”, no estuvo en modo alguno seguro de sobrevivir a tales depresiones, de si no tendrían un desenlace fatal y de si sus semejantes llegarían a tiempo precisamente de controlarlas.
Frankfurt del Main, abril de 1990
Volker Michels, de el Epílogo de Elogio de la Vejez

Fragmentos de “Elogio de la Vejez”
Ahí está la frontera entre juventud y vejez. Algunos ya la han cruzado a los cuarenta años y aun antes, algunos sólo la adivinan tardíamente a los cincuenta o a los sesenta. Pero siempre es lo mismo: en vez del arte de vivir empieza a interesarnos aquel otro arte, en vez de la formación y afinamiento de nuestra personalidad empieza a preocuparnos su desmantelamiento y disolución; y de repente, casi de un día para otro, nos sentimos viejos y sentimos como extraños los pensamientos, los intereses y los sentimientos de la juventud. Es en esos días de transición cuando pueden apresarnos y sacudirnos ciertos espectáculos pequeños y delicados como el apagamiento y extinción de un verano, que nos llenan el corazón de asombro y zozobra y nos hacen temblar y reír.

El decenio entre los cuarenta y los cincuenta siempre es un período crítico para las personas con temperamento, para los artistas; un tiempo de agitación y de insatisfacción frecuente, en el que a menudo difícilmente puede uno entenderse con la vida y consigo mismo. Pero después llegan unos años de sosiego. Yo no sólo lo he vivido en mí mismo, también lo he observado en muchos otros. Por bella que sea la juventud, por bello que sea el tiempo de la efervescencia y de las luchas, también el proceso de envejecimiento y maduración tiene su belleza y su felicidad. Con cincuenta años el hombre deja poco a poco de cometer ciertas niñerías, de ganar fama y respetabilidad, y sin apasionamiento empieza a echar una mirada retrospectiva a la propia vida. Aprende a esperar, aprende a callar, aprende a escuchar, y si esas buenas prendas han de adquirirse mediante ciertos achaques y debilidades considera tal adquisición como una ganancia.

Una hoja marchita
Cada brote quiere su fruto
y cada mañana su tarde,
nada hay eterno sobre la tierra
más que el cambio y la huida.
Hasta el estío más hermoso
ventea el otoño y la decadencia.
Detente, hoja, paciente y tranquila,
cuando el viento quiere arrebatarte.
Juega tu juego y no te defiendas,
deja que tranquilamente ocurra.
Deja que el viento que te arranca
te lleve hasta casa.

Muy pocas de las personas para las que escribo este relato son tan ancianas como yo. Y en su mayoría no saben lo que para los ancianos, especialmente cuando han pasado su vida lejos de los lugares e imágenes de su juventud, puede significar un objeto que les recuerda la realidad de aquel tiempo juvenil, como puede ser un mueble antiguo, una fotografía amarillenta, la recuperación de una carta cuya letra y papel nos abren e iluminan todo el tesoro de la vida pasada, a la vez que redescubrimos apodos y expresiones familiares que hoy ya nadie entiende y cuyo acento y contenido nosotros mismos sólo logramos esclarecer mediante un pequeño y grato esfuerzo.
Y mucho más, muchísimo más que esos documentos de época lejana significa el reencuentro con una persona viva, que en tiempos fue niño y joven contigo, que conoció a tus maestros, enterrados hace ya mucho tiempo, y de quienes ha conservado recuerdos que a ti te habían escapado. Nos miramos mutuamente el compañero de clase y yo, y cada uno ve en el otro no solo el tupé blanco y los ojos cansados bajo los párpados abolsados y un tanto entumecidos, ve también, detrás del hoy, el entonces de aquella época. No sólo hablan entre sí dos ancianos, es que además habla el seminarista Otto con el seminarista Hermann, y debajo de los muchos años de historia pasada, cada uno sigue viendo aún al camarada de catorce años, escucha su voz juvenil de entonces, lo ve sentado en el banco de la escuela haciendo visajes, lo ve jugando al balón o montando a caballo con el pelo desgreñado y los ojos relampagueantes; en el rostro todavía infantil ve las primeras luces matinales del entusiasmo, de la emoción y la devoción en los tempranos encuentros con el espíritu y con la belleza.

Parábola China
Un anciano de nombre Chunglang, es decir, «Maestro Peñas», poseía un pequeño terreno en los montes. Un día sucedió que perdió uno de sus caballos. Acudieron entonces sus vecinos para expresarle su sentimiento por aquella desgracia.
Pero el anciano preguntó: «¿Cómo pretendéis saber que eso es una desgracia?».
Y hete aquí que algunos días después apareció el caballo acompañado de toda una manada de potros salvajes. De nuevo comparecieron los vecinos para darle sus parabienes por aquel golpe de fortuna.
Pero el anciano del monte replicó: «¿De dónde pretendéis saber que eso es un golpe de fortuna?».
Al disponer de tantos caballos el hijo del anciano empezó a cultivar una afición por la monta, y un día se rompió una pierna.
Una vez más acudieron los vecinos para expresarle su condolencia y una vez más les respondió el anciano: «¿Cómo pretendéis saber que eso es una desgracia?».
Al año siguiente apareció en los montes la comisión de «Los hombres grandotes», con el fin de escoger varones vigorosos para el servicio de botas del Emperador y como portadores de la silla de mano. No escogieron al hijo del anciano, que continuaba con su pierna rota.
Chunglang no pudo menos que sonreír.
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