Soy porteño de nacimiento mas no fanático del tango, aunque sí de su nostalgia. El tango y la nostalgia son para mí casi sinónimos, por eso de tanto en tanto me da por el tango. Entre todos prefiero los más viejos y arrabaleros, los más cercanos al orígen de esta expresión musical tan unida al Río de la Plata, quizá porque están más próximos a los orígenes de ese sentimiento que acompañaba a los inmigrantes cuando comenzaron a llegar a fines del siglo XIX con su carga de melancolía a cuestas.

Una de las definiciones de la nostalgia es la de «tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida». Esa dicha perdida, creo yo, llegó con hombres y mujeres desarraigados de sus terruños que, por una u otra razón, decidieron buscar otro destino. Y ese sentimiento se trasmitió a un país en construcción, – que si había perdido una dicha era la de los pueblos originarios – y lo impregnó con la nostalgia de una felicidad que nunca tuvo.

La nostalgia abraza al tango y a la Argentina, un país donde la dicha llega por chispazos, como esquirlas de esperanza que pronto se diluyen, solo mitigadas por la alegría momentánea de algún campeonato de fútbol, el reconocimiento internacional de algún músico, artista, escritor, científico o la renovada ilusión en algún político, rápidamente desestimada por imperio de la realidad, lo que nos vuelve a sumergir en la neblina de lo que nunca fue.

Todo esto lo escribo a 12.200 kilómetros de distancia de Buenos Aires, en un país geográfica, cultural, económica e idiosincráticamente distinto, lo que no hace más que acentuar esa nostalgia por aquello que no está ni nunca estuvo allá, y que sin duda jamás podría encontrar aquí, por muchas virtudes que puedan destacarse en esta lejana tierra.

Cuando esto se publique, en algunos días, volveré a estar respirando morriña por la calles de mi ciudad y me tocará votar como tantas otras veces, con la certeza de que nada cambiará, porque Argentina, para mí, será siempre como el tango, la añoranza de una dicha perdida y el dolor de una esperanza de arrabal.

R.G.V.


Orígen del tango

El Tango se gesta en ambas márgenes del Río de la Plata entre 1850 y 1890. Este baile que se originó en el puerto de Buenos Aires y rápidamente se extendió a los barrios del sur, como San Telmo, Montserrat y Pompeya, tuvo su crecimiento paralelo con el de la sociedad argentina, formada por inmigrantes europeos, que aportaron muchos de sus elementos.

Alrededor de 1860, entre los criollos y gauchos rioplatenses, marineros, indios, negros, y mulatos, se bailaba suelto músicas como valses, de origen austríaco y alpino; pasodoble y tango andaluz; zarzuela; bailes de origen escocés; habaneras, de origen cubano; polka; mazurcas, cuadrilla y milonga; teniendo como base el fandango y el candombe de los negros. En esa época aún no existía el Tango, en tanto danza propiamente dicha. El sonido del bandoneón (de origen alemán) se incorporó como algo imprescindible a pianos, guitarras criollas, contrabajos y violines.

En los barrios surgió el «tango arrabalero,» aquel que bailaban en el arrabal, hombres y mujeres con los cuerpos fuertemente abrazados, y que escandalizó a la sociedad de la época.

Condenado por la iglesia y prohibido por la policía por incitar al escándalo, fue asociado con la lujuria y la diversión «non sancta» junto a la bebida y el baile. Su prohibición obligó a bailarlo en sitios ocultos hasta haber entrado en el siglo XIX, por eso su ambiente de nostálgica pasión.

Amparados en la oscuridad de la noche, guapos y arrabaleros deslizaban sus sentimientos en lo profundo de un verso, una melodía o bailaban abrazados a su ardiente compañera. En ese entonces, solamente los estratos sociales humildes, los del suburbio, cultivaban esa danza. El Tango surgió en burdeles, rancherías y boliches. Los prostíbulos lo fomentaban con la finalidad de aproximar los cuerpos masculinos y femeninos.

Era concebido como «vulgar» por los estratos más conservadores, marginado socialmente por buscar la sensualidad y el placer. La insólita fusión de lenguas, conocimientos y costumbres genera el fenómeno del tango y paralelamente un lenguaje, el lunfardo. Esta manera de hablar tomaba palabras de algunos dialectos italianos, y de otras lenguas traídas por los inmigrantes, absorbidas y adaptadas al porteño.

Al principio era el lenguaje de los presos y los delincuentes, comúnmente hablado por la gente del puerto. El lenguaje popular es el que se usó en las primeras letras de corte orillero. Si bien hay expresiones lunfardas adoptadas por el idioma orillero, ellas son en realidad una forma de comunicación entre delincuentes, practicada solo por los iniciados. El lenguaje del orillero es de su particular inventiva; siempre gráfico, exacto en la alusión; metafórico y onomatopéyico meritísimo, siempre inclemente en la ironía; y siempre novedoso porque ese orillero es un incansable renovador de su pintoresco léxico».

La palabra tango

Entre los muchos misterios que encierra el tango, el primero es el de su propia denominación. La voz tango se encuentra en las culturas africana, hispánica y colonial. Según algunas teorías, tango derivaría de tang, que en una de las lenguas habladas en el continente negro significa palpar, tocar y acercarse. Entre los bantúes, además, hay dos idiomas que se denominan tanga y tangui. Y entre las lenguas sudanoguineanas figura la tangalé. Curiosamente, el contenido hispánico de la palabra se acerca a la africana tang. Tango en castellano es considerada una voz derivada de tangir, que en español antiguo equivale a tañer, y de tangere, o sea, tocar en latín.

En la colonia, a su vez, tango era la denominación que los negros daban a sus parches de percusión. Ellos la pronunciaban como palabra aguda: tangó. Y tangó eran también los bailes que organizaban los africanos llegados a la fuerza al río de la Plata. En esas reuniones se creaban tales desórdenes que los montevideanos ricos, y auto considerados respetables, llegaron a pedir al virrey Francisco Javier Elío que prohibiese «los tangos de los negros».

Suburbio y arrabal

La mala fama del tango se convirtió en una leyenda negra. Era la música y la danza de las prostitutas y de los malevos. Al respecto, muchos autores insisten machaconamente con la vinculación del género con el hampa y el prostíbulo que, según ellos, contagia a la soldadesca y a locales de diversión frecuentados por delincuentes.

El tango son los compadritos que dirimen sus diferencias en duelo criollo en una solitaria esquina, la prepotencia del más fuerte y el amor que se vende al mejor postor. Incluso escritores como Jorge Luis Borges vieron el origen de la coreografía del tango en los movimientos de los duelistas, esquivando y tirando puñaladas.

Esto, sin embargo, es una simplificación y, como tal, peligrosa. El tango nace entre malvivientes, pero también entre gente honesta, entre los peones rurales expulsados del campo por la nueva organización empresarial de la estancia, dónde la ganadería extensiva requiere menos mano de obra, y entre los miles de italianos y españoles que llegaron a Buenos Aires y a Montevideo.

Es una voz atenuada, dulce, si se quiere hasta piadosa. Sí, designa a la baja ciudad, pero toda vez que la habita el humilde de buena costumbre. Esa palabra es: suburbio. Ferrer contrapone suburbio a arrabal, Este término -explica- proviene del hebreo rabah, que significa multiplicarse, desbordar la ciudad, o del árabe arraba: extramuro.

«Por todo lo contrario de suburbio -afirma el autor-, tiene esta palabra una misteriosa potencia fonética. Algo así como una oscura pólvora acústica que se gatilla en la erre, pega tres sordos estampidos en las aes, y fulgura como matando en la ele final: ¡Arrabai! Y hay que escribirla con mayúscula y entre signos de admiración, porque así lo exige su sonoridad: Arrabal nombra, claro, el bajo urbano de la mala vida.»

Los suburbios, entonces, eran los conventillos, los cuartos de pensión, las casas humildes donde se amontonaban varias familias, los lugares donde las madres cocinaban y lavaban la ropa y los padres tenían un estrecho lugar para echarse después del trabajo o de pasarse horas y horas buscando conchabo y dónde los niños se reunían a jugar en las calles o los patios por falta de espacio. Era en los suburbios donde vivía el inmigrante recién llegado pero dispuesto a hacer fortuna, y donde encontraba alojamiento el criollo trasladado a la capital. Eran Boedo, la Boca, la Concepción y Montserrat en Buenos Aires, y Goes, Palermo, Aguada y la Unión en Montevideo. Y las zonas portuarias en general de ambas ciudades, por supuesto.

De Museo Histórico de Seda


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