Allá por 1992 descubrí un libro que me impactó muchísimo y recomiendo fervientemente: «Esperando el fin de semana», de Witold Rybczynski, un arquitecto, profesor y escritor descendiente de polacos que nació en Edimburgo.

Aproximadamente 20 años después leí «La sociedad del cansancio», de Byung- Chul Han, filósofo, teólogo católico​ y ensayista surcoreano experto en estudios culturales y profesor de la Universidad de las Artes de Berlín. Así fue como el tema del fin de semana me volvió a la mente con ideas renovadas.

Rybczynski en su libro explicaba cómo inventamos el fin de semana. Byung-Chul Han explica por qué ese fin de semana ya no nos sirve como antes. Les comparto mis reflexiones al respecto.

Cuando descansar era sencillo

Durante mucho tiempo no pensé demasiado en el fin de semana. Simplemente llegaba. Era ese momento esperado en el que la semana aflojaba y, con un poco de suerte, también lo hacía yo. Llegaba a Adrogué el viernes por la tarde y no quería saber nada de la ciudad ni del trabajo hasta el lunes por la mañana. Recién leyendo Esperando el fin de semana, de Witold Rybczynski, empecé a entender que esa sensación de alivio no era casual ni natural: era el resultado de una construcción histórica.

El tiempo puesto a rendir

Ants Biting leaf to build nest – animal behavior.

Rybczynski cuenta en su libro que el fin de semana nació como respuesta a un cambio profundo en la forma de trabajar. Antes de la sociedad industrial, el trabajo y la vida estaban más mezclados. Se trabajaba cerca de la casa, con ritmos variables, entrelazando tareas productivas con la vida familiar, social y religiosa. Con la llegada de la fábrica, las labores de oficinas y comerciales, todo se ordenó alrededor del reloj. El trabajo se volvió externo, repetitivo, medido. El tiempo empezó a rendir a favor de la producción, una producción que no está mayoritariamente orientada a la satisfacción personal, sino a la colectiva. Como las hormigas, digamos.

La pausa ganada

En ese contexto apareció el fin de semana como una pausa necesaria. Primero fue sólo el domingo, luego se agregó el sábado. Esto no fue un regalo, sino una conquista de la gente, de los trabajadores. El fin de semana servía para detenerse, para recuperar algo de lo que el trabajo se llevaba durante la semana. Y, sobre todo, tenía un sentido claro: era distinto. El tiempo del finde se sentía distinto, era un tiempo propio, personal.

La pausa desdibujada

Hoy, esa diferencia se ha vuelto difusa. Y el cómo me lo clarificó la lectura de La sociedad del cansancio de Byung-Chul Han. Entonces tuve la sensación incómoda de estar leyendo una descripción bastante precisa de la experiencia actual de muchos de nosotros. Han dice que ya no vivimos en una sociedad que nos obliga desde afuera a producir, a rendir, sino en una en la que nos exigimos solos. Ya no hace falta -según Han- que nadie nos controle: nosotros mismos lo hacemos.

Trabajo y otras yerbas

Esto ha cambiado por completo nuestra experiencia del fin de semana. Aunque esos preciados días sigan existiendo en el calendario, muchas veces no funcionan como una interrupción real. El viernes llega, pero la cabeza no se apaga. Los mensajes, los correos, los pendientes siguen ahí, incluso cuando nadie nos lo pide explícitamente. El trabajo se ha vuelto portátil, mental, invasivo, casi omnipresente.

La presión del ocio

Además, el tiempo libre pareciera haberse transformado en algo pecaminoso. El fin de semana ya no es solo para descansar: tenemos que aprovecharlo. Hacer ejercicio, avanzar con proyectos personales, ordenar la casa, aprender algo nuevo, reunirnos con amigos y sobre todo disfrutar intensamente. Descansar sin hacer nada a veces nos genera una incomodidad difícil de explicar, como si estuvieramos fallando en algo. Incluso el disfrute de no hacer nada parece hoy tener que justificarse.

La casa oficina

Para complicarla aún más, esa «ventaja» que hoy es el home office, sobre todo luego de la pandemia, terminó de desdibujar los límites. Nuestra casa, que antes funcionaba como refugio, se ha convertido también en una oficina. El mismo espacio sirve para trabajar, descansar y convivir. Ya no hay un cambio claro de escenario que marque el paso de una cosa a la otra. Pero, si ahora el trabajo está también en casa, ¿El fin de semana realmente empieza? ¿La semana efectivamemnte termina?¿O se trata de un curioso continuado donde además del trabajo tenemos otras obligaciones?

No puedo parar

En su libro Rybczynski muestra cómo el fin de semana fue pensado originalmente para protegernos del desgaste del trabajo. Han expresa que hoy, aun teniendo ese tiempo, seguimos cansados. El problema no es que trabajemos todo el tiempo, sino que no sabemos —o no podemos— detenernos. El fin de semana sigue ahí, pero muchas veces ya no cumple su promesa. Hay que moverse, hacer algo, disfrutar.

El valor de aburrirse

En este punto empecé a pensar en algo que casi nunca defendemos: el aburrimiento. Byung-Chul Han habla del “aburrimiento profundo” como una condición necesaria para la creatividad. Y cuanto más lo pienso, más sentido le encuentro. Recuerdo que esperaba el fin de semana para «estar al pedo», porque si bien mi trabajo me gustaba, no dejaba de ser un trabajo. Y ese estar el pedo no me aburría. Porque el aburrimiento no era un vacío inútil; era un espacio libre, tiempo sin objetivos. Era dejar que la mente fuera donde quisiera sin exigirle resultados.

Lo que pasa cuando no pasa nada

Muchas de las ideas que más valoro no me surgieron cuando estaba ocupado, sino cuando no estaba haciendo nada. Caminando sin rumbo, mirando por la ventana, sentado en la terraza, mirando pasar la vida. Alguno dirá, perdiendo el tiempo. Otros dirán que el problema es que tenemos poco tiempo libre. Creo que no es así, pienso que no toleramos dejar que el tiempo transcurra sin usarlo para algo en particular, para estar solos con nosotros mismos.

La resistencia silenciosa

Se me ocurre que hoy tenemos la necesidad de recuperar el fin de semana, de reflotar nuestro tiempo libre. Y eso quizás no significa llenarlo mejor, sino vaciarlo un poco, sacarle cosas de encima. En principio, defender la casa como espacio propio, aceptar momentos sin estímulos, sin pantallas, sin productividad, sin reuniones, sin sentido de lo inmediato. Simplemente estar presentes, permitirnos el aburrimiento, no evitárselo a nuestros hijos y nietos. No como una falla, sino como una forma de resistencia silenciosa frente a una vida que ya no sabe parar. Alentar nuestro vacío creativo, único lugar donde la felicidad o algo similar puede aparecer.

R.G.V.


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