Desde que escribí mi primer poema y mi primer texto en prosa a eso de los 20 años- que se convirtió en un cuento con mención en un concurso – tuve la idea de que iba a ser escritor. El tiempo me demostró que no, que simplemente iba a escribir, de tanto en tanto, sin orden ni concierto, como para despuntar el vicio.
Creo que me hubiera gustado ser escritor, como también me hubiera gustado ser músico o jugador de fútbol. Pero la diferencia entre «me gustaría» y «voy a ser» tiene en su mediación – suponiendo el talento y las condiciones básicas – los atributos de la voluntad, el esfuerzo y la dedicación. En mi caso es evidente que carecí de condiciones para ser jugador de fútbol y talento para la música, además de los tres atributos mencionados.
En el caso de la escritura, creo que sólo me faltaron la voluntad, el esfuerzo y la dedicación, ya que con los años valoro algunas de mis poemas y cuentos. Así que hoy, en homenaje al escritor que pude ser y no fui, comparto con ustedes dos textos.
La isla
Si bien para cualquiera podría haber parecido un lugar común, para mí era un universo paralelo. Allí tejía historias variadas, con finales inciertos, protagonistas confusos y tramas no siempre felices, que guardaba prolijamente, vaya a saber para quién.
El bar estaba bastante bien ubicado; disponía de una vista espléndida y una localización que lo apartaba de la multitud. Era un refugio en la inmensidad de mares agitados, a la que acudía cada vez que mis ocupaciones me lo permitían o el hastío me llevaba a postergar actividades cuidadosamente agendadas. Actividades que, por esos misterios de la cronología, quedaban fuera de lugar.
Mi mesa estaba en el rincón más alejado de la puerta y del mostrador. Por debajo, mis piernas se extendían a voluntad. A veces quietas y tensas, como al acecho, otras movedizas y nerviosas, como apurando la llegada de aquello que estaba allí, a la vuelta de la pluma. Por encima, mis manos oscilaban entre una antigua Parker, un cuaderno Gloria con anillos y un pocillo de café.
En años ya lejanos, completaba el cuadro un cenicero plateado con la marca Gancia en rojo sobre sus tres laterales y un cigarrillo negro consumiéndose lánguidamente hasta transformarse en un gusano grisáceo, desarticulado. Pero eso había quedado en el arcón de los recuerdos, no por decisión, sino por inconveniencia, lo cual me llevaba cada tanto a especular con la posibilidad de recuperar esa compañía, cuya pérdida me había condenado definitivamente a una soledad, acaso más saludable.
Aquella tarde, la última antes del cataclismo, soplaba un viento demasiado cálido para la época. Me acercaba al lugar sumido en mis pensamientos pero con la vista clavada en el horizonte, desde donde llegaban algunos premonitorios nubarrones; hasta que algo inconsistente con el panorama habitual me llamó la atención. Era cuadrado, con letras rojas sobre fondo blanco y decía: “Vende”.
Jamás hubiera pensado que una palabra tan simple iba a generar un cambio tan profundo en mi vida. Detuve la marcha y miré alrededor corroborando que no había equivocado el rumbo; luego aceleré el paso y sentí una acidez que me subía por la garganta. Ya frente al lugar, leí el cartel con detalle y, finalmente, observé al gallego, quien me miraba compungido desde el mostrador, como pidiendo perdón.
“Decime que es una joda”, le espeté. El gallego se me acercó, abrió los brazos con gesto de resignación, me abrazó y me palmeó la espalda con ambas manos, como quien saluda a un deudo en un velorio.
Nos quedamos así un momento, que para mí fue una eternidad, hasta que el gallego me dijo al oído: “qué querés, esto se veía venir, hoy la gente quiere otras cosas. A mí con el wifi y esta modernidad no me va, prefiero cerrar. Estoy viejo y cansado».
Dirigí la vista hacia mi lugar habitual en el bar y multitud de imágenes pasaron por mi mente, como dicen que ocurre en el momento antes de morir. El gallego lo detectó al instante y con una sonrisa me dijo «llevate la mesa y la silla del rincón, hace rato que son tuyas. No es lo mismo, pero donde sea que las ubiques te van a ayudar”.
R.G.V.
A veces pasan cosas raras
El día comenzó con el insistente bip-bip del reloj digital. Traté de despegarme de las imágenes del sueño. Un oso azul montado en unos rollers me perseguía por el subte, en el pasillo que desemboca en la esquina del Cabildo y Diagonal Sur.
El cuarto lucía extrañamente parecido al de mi vieja casa de Floresta. Un póster al lado del ropero, una carpeta y libros sobre el escritorio, botines de fútbol embarrados al costado de la mesita de luz, un oso azul de peluche al lado del espejo…
Me froté los ojos, pero todo seguía igual. Sorprendido me observé las manos y eran las de un hombre de más de 60 años, con sus arrugas y sus venas marcadas. Mi cuerpo era el de ahora pero mi cuarto no. Instintivamente tomé la cobija y me tapé la cabeza. Contuve la respiración y bajo las sábanas prendí la luz de mi reloj pulsera: eran las 7:03 del día 7 de junio de 2003. Tenía que estar en la habitación de mi departamento de Palermo. Dentro de dos horas me esperaba Ramírez en la oficina para cerrar la venta de la casa de mis viejos, cuya sucesión acababa de finalizar.
Tomé fuerzas y me destapé lentamente. La cosa empezó a inquietarme de verdad. Por las rendijas de la persiana de metal entraba un sol demasiado fuerte para ser de invierno. La luz se desparramaba en numerosos haces en los que flotaban partículas de polvo. El silencio era el típico de mi viejo barrio allá por los años 50. La cosa ya no me gustó nada.
Quedé paralizado pensando qué hacer hasta que golpearon a la puerta. El sudor me cubría la frente. Luego de breves instantes los golpes se repitieron. Traté de responder, pero mis cuerdas vocales estaban petrificadas.
Entonces el picaporte comenzó a girar lentamente. La puerta se abrió de par en par y encuadrada en el marco divisé una figura humana. No tardé en comprender que se trataba de mi abuelo, con un ancho y largo bigote que le tapaba el labio superior, traje negro con chaleco, camisa y moño, tal como estaba en la foto que mi viejo llevaba en su billetera. Un típico tano recién bajado del barco. Sólo que jamás había visto a mi abuelo, cuando él murió yo tan solo tenía dos meses.
“Eduardito, cómo creciste”, dijo mirándome con cariño.
No pude responder, tan sólo abrí la boca y quedé con el gesto congelado de un pez recién sacado del agua. El nono comenzó a reír estrepitosamente. Cuando logró contenerse dijo: “Disculpá nene, me imagino cómo te debés sentir, pero si hubieras visto tu cara…”.
“Nono… sos vos”, alcancé a balbucear.
“Sí nene, soy yo. No debería llamarte tanto la atención teniendo en cuenta que estás en mi casa”, dijo en tono jocoso.
“Es que me desperté y…estoy muy confundido…”, dije.
El nono se sentó a los pies de la cama sin responder. Puso su mano derecha sobre mi rodilla y lanzó un suspiro. Después miró hacia la mesita de luz donde estaba la foto de mis viejos junto a los lobos marinos, en aquellas recordadas vacaciones en Mar del Plata. Se quedó pensando un rato y mirándome a los ojos musitó: “A veces pasan cosas raras”. Nunca había visto una mirada como esa.
El silencio que siguió me pareció interminable. Sentía la mano del nono sobre mi pierna y escuchaba su respiración lenta.
“Linda mujer tu madre. Un pan de Dios. La de quilombos que le armaste”, dijo nostálgico.
No sé por qué me acordé de esa vez en que le habíamos enchastrado el frente de la casa a don Antonio, el vecino, con prolijas bolas de barro armadas con Carlitos y Oscar, otros de la pandilla.
“Y esa no fue la peor”, la voz del nono salía como de adentro de mí. Se puso de pie con algo de esfuerzo e hizo señas de que me levantara. “Vamos pibe, vení al jardín, que no queda mucho tiempo”, expresó imperativo.
Lo seguí. Pasamos por el living y salimos a la galería que daba al patio. Apoyada en la pared, sobre la Santa Rita, estaba mi Bianchi negra con el manubrio cromado. Me detuve un instante, pero el nono me apuró con un gesto y se fue para el fondo. Cuando llegué al jardín estaba sentado bajo el nogal, en el banco de piedra, junto a la mesa que usábamos para los asados del domingo.
“Mirá Eduardito, escuchame bien”, dijo solemne y mirándome fijo. Y continuó acentuando cada palabra: “Esta casa encierra un tesoro”.
En ese momento escuché el sonido de una enorme abeja. O eso creí. Cerré los ojos un instante y al abrirlos estaba en el extremo del tunel que recorría todas las mañanas para ir al colegio cuando era chico, llegando casi a la esquina de Diagonal Sur y el Cabildo. El oso azul parecía un gigantesco peluche enfurecido sobre sus roller y me apuntaba con una pistola que zumbaba. Alcancé a subir corriendo la escalera y la luz me cegó. Tenía una enorme sensación de angustia.
Cuando recuperé la visión estaba en mi loft de Palermo, agotado, traspirado y tembloroso. Relampagueaba, llovía copiosamente y sonaba el teléfono.
Miré el reloj. Eran las 7:03 del 7 de junio de 2003. Atendí con voz cavernosa. Era Ramírez.
“Hola Luchessi. Disculpe la hora pero tengo algo que decirle”, la voz de Ramírez sonaba culposa, como si tuviera que pedir perdón.
“Sí Ramírez, qué pasa”, contesté.
“Mire sé positivamente que lo que voy a decirle es una estupidez”, dudó un poco Ramírez, hasta que se decidió a seguir. “Anoche tuve un sueño muy feo, una pesadilla digamos. Y bueno… no sé cómo decírselo, pero no voy a comprarle la casa de Floresta. Usted dirá que es una imbecilidad pero…”
“Oiga Ramírez…”, sentí la imperiosa necesidad de interrumpirlo, aunque sin saber qué decir. “Escúcheme…”, seguí haciendo tiempo, pero no se me ocurría nada coherente. La cabeza me daba vueltas. “Está todo bien Ramírez….”, dije, pero sonaba poco convincente. Al otro lado de la línea el hombre carraspeaba y parecía a la espera de un insulto. Hasta que una frase me brotó clarita, rotunda, irremplazable: “A veces pasan cosas raras”.
R.G.V
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