La interesante hipótesis de los campos mórficos, desarrollada por un biólogo británico, que considera la vida como parte de un proceso holístico, se volvió controvertida al intentar ser científica. Qué ganaría si se abandona esa pretensión.

En su libro, Una nueva ciencia de la vida, el biólogo Rupert Sheldrake plantea apartar el enfoque que actualmente domina en la corriente principal de la ciencia.

Sheldrake propone cambiarlo por otro modelo que inserte los fenómenos biológicos en el concierto total del universo. Es decir, la vida como parte de un proceso holístico que irrumpe en nuestro mundo para abordar la realidad desde un punto de vista no fragmentario: dejar de observar los fenómenos como apartados del entorno en que se manifiestan.

Hay ideas que uno encuentra y que generan una especie de reconocimiento. Eso me pasó con la noción de los campos mórficos. No tuve la certeza de que era verdadera, sino la sensación de que nombraba algo que existía.

En este post recorro el origen de esa hipótesis, las críticas que la ciencia le plantea y por qué creo que el problema no está en la idea sino en el territorio al que su autor eligió llevarla.

El problema que Sheldrake quería resolver

Rupert Sheldrake nació en 1942 en Newark-on-Trent, Inglaterra. Se formó en bioquímica y filosofía de la ciencia en la Universidad de Cambridge, donde también completó su doctorado, y realizó investigaciones en biología vegetal en la Universidad de Malaya y en el Instituto Internacional de Investigación de Cultivos para los Trópicos Semiáridos, en India. No era un pensador marginal ni un entusiasta de lo paranormal cuando formuló su teoría. Era un científico con una carrera sólida que se enfrentó a un problema real dentro de su disciplina.

Ese problema era el siguiente: ¿cómo se explica que los organismos mantengan su forma y sus patrones a pesar de las perturbaciones? ¿Por qué una salamandra puede regenerar una extremidad? ¿Por qué las células de un embrión «saben» en qué tienen que convertirse? La respuesta estándar —que todo está codificado en el ADN— le parecía insuficiente. El ADN contiene instrucciones moleculares, pero no parece contener, por sí solo, la información sobre la forma global del organismo. Eso que los biólogos llaman morfogénesis —el proceso por el cual un embrión adquiere estructura— seguía siendo en parte un misterio.

Desde ese problema concreto y legítimo, Sheldrake propuso la existencia de los campos mórficos: campos de información que organizan la forma y el comportamiento de los sistemas vivos, y que se transmiten de generación en generación por algo que llamó resonancia mórfica. No como herencia genética, sino como una especie de memoria del campo.

La idea central es seductora: los patrones que se repiten en la naturaleza no se transmiten solo por genes o neuronas, sino a través de campos que conectan lo individual con lo colectivo.

Las implicancias de esta idea, de ser cierta, serían considerables. En biología, podría explicar por qué ciertos patrones morfológicos se conservan con una estabilidad que el ADN solo no termina de justificar, o por qué algunas especies aprenden conductas nuevas con una velocidad que excede lo que cabría esperar de la transmisión individual.

En el plano de los sistemas humanos —familias, grupos, instituciones— daría nombre a algo que cualquiera que haya trabajado clínicamente o en organizaciones reconoce: la presencia de patrones que se repiten sin que nadie los enseñe, que persisten aunque cambien todos los miembros, que parecen tener una lógica propia más allá de las personas.

Y en un plano más amplio aún, podría ofrecer un lenguaje para pensar la transmisión cultural de formas que no pasan solo por la imitación o la instrucción explícita —por qué ciertas estructuras narrativas, ciertos modos de organización social o ciertos gestos rituales reaparecen en culturas sin contacto entre sí.

Todo eso, sin embargo, depende de que la idea funcione en algún plano. Y ahí es donde empieza el problema.

El salto de la biología al campo físico

Hasta aquí, la propuesta podría leerse como una metáfora organizadora o como un modo de señalar la existencia de patrones que no se dejan reducir a mecanismos locales. El problema surge cuando Sheldrake dice que esos campos son reales en sentido físico: que son causales, medibles en principio, parte del mundo natural en el mismo nivel que el electromagnetismo o la gravedad.

Esa decisión lo llevó a diseñar experimentos. Algunos famosos, como el de las ratas que aprenden a recorrer laberintos más rápido a medida que otras ratas, sin ningún contacto con las primeras, recorren los mismos laberintos en otros lugares del mundo. Sheldrake intentó publicar sus resultados en revistas científicas. Fue en ese momento cuando comenzó la tormenta.

La ciencia rechaza legítimamente la teoría

Las críticas de la comunidad científica a los campos mórficos tienen razones epistemológicas sólidas para el rechazo.

En primer lugar, la teoría no es falsable en los términos en que Sheldrake la formula. Si un experimento no muestra el efecto esperado, siempre es posible argumentar que las condiciones no eran las adecuadas para activar la resonancia mórfica. Esa flexibilidad explicativa es una debilidad científica: una buena teoría debe poder ser refutada.

En segundo lugar, los experimentos que Sheldrake diseñó han sido criticados por problemas metodológicos serios: falta de controles adecuados, sesgos en la interpretación, dificultad de replicación independiente.

En tercer lugar, la teoría propone un mecanismo de transmisión de información que contradice lo que sabemos sobre física y biología, sin ofrecer un mecanismo alternativo plausible. No es suficiente decir que «algo ocurre» si no se puede especificar cómo ocurre en términos que otros investigadores puedan estudiar.

El puente con el inconsciente colectivo de Jung

Al desarrollar su teoría, Sheldrake no trabajó en aislamiento intelectual. Entre los pensadores con los que dialogó está Carl Jung, el psiquiatra suizo que formuló el concepto de inconsciente colectivo: una capa profunda de la psique compartida por toda la humanidad, poblada de arquetipos —imágenes y patrones universales que aparecen en sueños, mitos y símbolos de todas las culturas.

La resonancia entre ambas ideas es evidente: en los dos casos se habla de algo que trasciende al individuo, que organiza patrones compartidos, que no se reduce a la experiencia personal. Sheldrake vio en Jung un precedente que señalaba en la misma dirección hacia donde él quería ir: la existencia de una memoria colectiva que va más allá de los individuos.

Pero hay una importante diferencia. Jung nunca postuló que los arquetipos existieran en el mundo físico como campos causales. Los planteó como estructuras de la psique que funcionan como modelos interpretativos y herramientas clínicas. Eso los hace inmunes a las críticas científicas que afectan a Sheldrake.

Sheldrake tomó la intuición de Jung —que algo colectivo organiza lo individual— y quiso darle un estatus que Jung nunca reclamó: el de hecho científico verificable. En ese movimiento perdió algo que Jung, viniendo de la medicina y la psiquiatría, había sabido conservar: la disposición a habitar el plano de lo simbólico sin pedir permiso a la verificación experimental. Jung no necesitaba que los arquetipos fueran medibles para trabajar con ellos. Sheldrake, formado en otro registro, sí lo pretendía.

Un sesgo comprensible

El error de Sheldrake es comprensible. Cuando alguien se forma en biología experimental, el lenguaje natural para darle seriedad a una idea es el de las ciencias naturales: si algo no es medible, no es real; si no hay experimento replicable, no hay teoría. Pero ese criterio de validez es propio de un tipo de ciencia, no de todo conocimiento riguroso.

Las ciencias sociales y humanas —la sociología, la antropología, el psicoanálisis, la hermenéutica— también producen conocimiento sistemático sobre la realidad, pero con métodos distintos: interpretación, análisis de sentido, comprensión de contextos y tramas relacionales. No porque sus objetos sean misteriosos o irracionales, sino porque pertenecen a un plano diferente de descripción que tiene sus propias reglas de validación.

Al querer medir lo que quizás no es medible con instrumentos físicos, Sheldrake no solo fracasó en convencer a la comunidad científica. También le impidió a su propia idea desplegarse en el territorio donde podría haber sido genuinamente fértil.

* * *

El problema no fue la idea, sino dónde Sheldrake quiso ubicarla. Al intentar convertir a los campos mórficos en una teoría científica, la alejó del territorio donde tal vez podía desplegar todo su sentido.

En un próximo post plantearé qué cuando desplazamos los campos mórficos del plano físico al simbólico, ese desplazamiento vuelve la hipótesis realmente interesante para quienes trabajamos con sistemas humanos —familias, grupos e instituciones.

Bibliografía:

Resonancia Mórfica y Campos Mórficos – Una Introducción. Rupert Sheldrake

Resonancia mórfica de Sheldrake y por qué debemos cuidar los pensamientos. Ecoo Sfera

Scientific papers on telephaty. Rupert Sheldrake y otros

Sheldrake, Rupert. «Morphic Fields and Extended Mind» (PDF gratuito).

«Nuevos paradigmas de la ciencia: el bosón de Higgs y los campos mórficos»Ciencia UANL. Eduardo Estrada Loyo.


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