Hay un fenómeno interesante de analizar en la literatura sagrada: la transformación de los conceptos espirituales cuando atraviesan distintas lenguas y culturas. Una palabra no viaja sola. Lleva consigo un campo de asociaciones, imágenes y resonancias que puede modificarse al pasar de una lengua a otra. El padrenuestro constituye un caso particularmente interesante de ese viaje.
Este artículo propone observar cómo algunas palabras griegas, latinas y castellanas abrieron o cerraron determinadas posibilidades de interpretación.
La oración del padrenuestro probablemente se formuló en el ambiente lingüístico semítico de la Palestina del siglo I, posiblemente en arameo, aunque solo la conservamos en dos versiones griegas transmitidas por Mateo y Lucas.
Al pasar por el griego koiné, el latín de la Vulgata y posteriormente las lenguas romances, la oración fue adquiriendo nuevas formas de expresión. En ese recorrido, algunas posibilidades de significado quedaron menos visibles, mientras otras adquirieron nuevos matices.
Nota histórica:
Es necesario precisar que no se conserva ningún manuscrito original del padrenuestro en arameo. Los testimonios canónicos más antiguos que conservan el padrenuestro se encuentran en los Evangelios de Mateo y Lucas, redactados en griego koiné. Las reconstrucciones arameas modernas son hipótesis históricas y filológicas elaboradas a partir del contexto lingüístico de la Palestina del siglo I y de la comparación con las versiones griegas conservadas.
Las estaciones del viaje lingüístico
- El arameo oral: La lengua semítica hablada por Jesús. Un idioma vivo, directo, cargado de metáforas terrenales y de una cosmovisión donde la vida espiritual y la realidad física formaban una sola unidad.
- El griego koiné: El griego «común» o popular que se convirtió en la lingua franca del Mediterráneo tras las conquistas de Alejandro Magno. Era la lengua del pueblo y del comercio en la que se redactaron los Evangelios.
- El latín de la Vulgata: La Vulgata, elaborada mediante un proceso de revisión y traducción asociado principalmente a San Jerónimo entre los siglos IV y V, estabilizó determinadas opciones léxicas y contribuyó a que adquirieran una enorme autoridad litúrgica en Occidente.
Abba vs. Pater
La oración comienza con la invocación: «Padre nuestro». En la tradición latina se fijó como Pater noster, a partir de las formulaciones griegas transmitidas por Mateo y Lucas. El griego utiliza pater, mientras que la hipótesis de un trasfondo arameo suele relacionarlo con Abba. Es plausible que Jesús utilizara la palabra aramea Abba para dirigirse a Dios, como aparece en otros pasajes del Nuevo Testamento, aunque el padrenuestro que conservamos no contiene esa palabra, sino el griego Pater.
Abba no debe entenderse necesariamente como “papá”, pero sí como una forma familiar y confiada de invocar a Dios. Al traducirse por pater, esa proximidad no desapareció por completo; sin embargo, el lector latino podía percibir en pater resonancias de autoridad, filiación y orden social distintas de las que evocaba la expresión semítica.
Al pasar del contexto semítico al griego y posteriormente al latín, Pater pudo adquirir resonancias de autoridad y orden social propias de esas culturas. En ese desplazamiento, algunos matices de intimidad asociados al lenguaje arameo pudieron quedar menos visibles.
El misterio de Epiousios
En el Evangelio de Mateo (6:11), la petición del pan contiene una palabra enigmática: epiousios. Se trata de un término extraordinariamente raro, documentado en las dos versiones evangélicas del padrenuestro y en la Didaché (Doctrina de los doce apóstoles, uno de los escritos cristianos no canónicos más antiguos que se conservan). Su significado exacto sigue siendo discutido.
San Jerónimo ofrece dos soluciones diferentes en la Vulgata: en Lucas 11:3 traduce cotidianum («de cada día»), mientras que en Mateo 6:11 utiliza supersubstantialem («sobre la sustancia» o «espiritual»).
Entre las interpretaciones propuestas desde la Antigüedad se encuentran dos grandes posibilidades: relacionar epiousios con la idea de sustancia o esencia, y vincularlo con aquello que corresponde al día venidero. Una de sus posibles dimensiones es, por tanto, la de un alimento que no se limita a la subsistencia inmediata, sino que puede adquirir resonancias de futuro, plenitud o sustento espiritual.
La traducción por «pan de cada día» conserva la referencia a la necesidad cotidiana, pero deja menos visibles esas interpretaciones asociadas con la esperanza escatológica (en sentido teológico y filosófico) y la profundidad simbólica del alimento.
Las deudas frente a las ofensas
La fórmula actual en castellano dice: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Mateo conserva la metáfora de las deudas mediante el término griego opheilēmata, mientras que Lucas emplea el lenguaje de los pecados y mantiene, en la continuación, la imagen de los deudores. Las traducciones posteriores desarrollaron distintas soluciones —“deudas”, “pecados”, “ofensas” o “transgresiones”— según sus tradiciones lingüísticas y litúrgicas.
La concepción hebrea de la persona no coincide con la posterior separación entre cuerpo y alma que adquirió tanta importancia en la tradición filosófica griega y cristiana. La noción bíblica de Néfesh no coincide exactamente con la idea moderna de un alma separada del cuerpo. Designa la vida, el ser viviente o la persona en su condición concreta, aunque sus sentidos varían según el contexto.
Esta imagen puede evocar la tradición bíblica del Jubileo (Levítico 25), una tradición sagrada que dictaba que, cada cincuenta años, las deudas financieras debían ser canceladas, los esclavos por deudas liberados y las tierras devueltas a sus dueños originales. En el lenguaje bíblico, la deuda podía funcionar también como una poderosa metáfora de la culpa y de una relación quebrada. El perdón podía expresarse así mediante una imagen profundamente concreta: cancelar aquello que el otro nos debe.
El desplazamiento de «deudas» hacia «ofensas» pertenece a una evolución posterior de las traducciones y fórmulas litúrgicas. Con ese cambio, una metáfora económica y relacional adquirió un sentido predominantemente moral y psicológico. La deuda dejó de evocar de manera inmediata una obligación concreta entre personas y pasó a representar principalmente el agravio que alguien recibe de otro. La imagen de la deuda contiene algo que la palabra «ofensa» deja en segundo plano: una relación en la que alguien debe algo y alguien puede decidir no seguir reclamándolo.
Peirasmos, ¿tentación o prueba?
La petición «no nos dejes caer en la tentación» genera cierta curiosidad y plantea una dificultad interesante. El término griego peirasmos puede significar tanto «tentación» como «prueba» o «puesta a prueba». Por eso, más que un problema que deba resolverse eliminando uno de los sentidos, encontramos aquí una ambigüedad que la traducción castellana tiende a cerrar.
En determinados textos apocalípticos y judíos de la época, peirasmos podía adquirir el sentido de una prueba extrema asociada a tiempos de tribulación. Desde esta perspectiva, la petición podría escucharse no solo como «no permitas que cedamos ante la tentación», sino también como «no nos abandones cuando atravesemos la prueba».
Al traducirse como tentatio en latín y “tentación” en castellano, una de las posibilidades semánticas de peirasmos —la de la prueba o puesta a prueba— quedó menos visible.
Lo que quedó en el camino
Al desandar el camino filológico del padrenuestro descubrimos, entonces, algo más complejo que una simple pérdida. Algunas imágenes se hicieron más estrechas; otras adquirieron nuevos sentidos. Traducir no fue solamente trasladar una oración de una lengua a otra: fue también interpretarla. Como sugiere el conocido juego de palabras italiano —traduttore, traditore—, toda traducción implica también una forma de interpretación y de pérdida.
Quizá por eso el viaje del padrenuestro no deba entenderse únicamente como una historia de erosión. Cada lengua dejó algo en el camino, pero también añadió su propia capa de significado. El texto que hoy pronunciamos no es exactamente el que pudo escuchar una comunidad de Galilea hace dos mil años. Es el resultado de una larga conversación entre lenguas, culturas y generaciones.
Y tal vez allí resida el misterio: aunque ya no podamos recuperar enteramente aquella primera voz, podemos intentar escuchar sus ecos.
Bibliografía Recomendada
Barreto Betancort, Juan. «Itinerario semántico del término ἐπιούσιος en Mt 6,11 y Lc 11,3». Fortunatae, n.º 34, 2021, pp. 9-21. Disponible en: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/8192867.pdf
Rivas, Luis H. «El “Padre Nuestro” en el Evangelio según san Mateo». Revista Bíblica. Disponible en: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2724247.pdf
Gavin, John. «The Lord’s Prayer». St Andrews Encyclopaedia of Theology, 2024. Disponible en: https://www.saet.ac.uk/Christianity/TheLordsPrayer
Wasserman, Tommy. «Manuscripts of the Lord’s Prayer». Bible Odyssey, Society of Biblical Literature, 2024. Disponible en: https://www.bibleodyssey.org/articles/manuscripts-of-the-lords-prayer/
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