El avemaría que hoy escuchamos no es una oración que llegó desde su origen hasta nuestros días, pasó por un proceso de construcción. Su historia comenzó con palabras de Gabriel y de Isabel, fue transmitida en el griego de los Evangelios y, a lo largo de los siglos, incorporó nuevas palabras, significados y formas de devoción.

En un artículo anterior recorrimos el viaje del padrenuestro a través de las lenguas y de los siglos. Allí vimos cómo una oración atribuida a Jesús, probablemente formulada en un contexto lingüístico semítico y conservada en los Evangelios en griego, fue adquiriendo nuevos matices al pasar por el latín y posteriormente por las lenguas modernas.

El padrenuestro tiene una historia de transmisión y traducción; el avemaría tiene, además, una historia de composición y agregación. No nació como una oración completa que fue traducida a otras lenguas. Se fue construyendo progresivamente a partir de palabras pertenecientes a distintos momentos y a distintas voces de la tradición cristiana.

Las palabras que hoy forman el avemaría proceden inicialmente del Evangelio de Lucas, escrito en griego. Son palabras atribuidas al ángel Gabriel y a Isabel, la pariente de María. Más tarde se incorporarán títulos teológicos y fórmulas de súplica procedentes de otros momentos de la tradición.

Antes de que existiera el avemaría como oración, existieron dos voces diferentes: la de Gabriel y la de Isabel. Sus palabras fueron recogidas en el Evangelio de Lucas y, durante los primeros siglos del cristianismo, comenzaron a ser utilizadas en la liturgia y en la devoción mariana. Con el tiempo, ambas fórmulas fueron asociándose hasta formar una salutación.

Dos voces antes del avemaría

Para comprender ese proceso vamos al primer capítulo del Evangelio de Lucas. En la primera escena, el ángel Gabriel visita a María y le anuncia que concebirá y dará a luz un hijo.

En la segunda, María visita a Isabel. Al recibirla, Isabel pronuncia unas palabras que formarán la segunda parte de la oración.

Conviene tener presente que Gabriel está saludando a María y anunciándole algo que transformará su vida. Isabel está recibiendo a su pariente y reconociendo en ella a la madre de su Señor.

Muchos siglos después esas palabras cumplirán otra función, al ser incorporadas a una oración. El avemaría no solamente cambió de lengua a lo largo de su historia: cambiaron los autores, las épocas y las funciones de las palabras.

Chaire: ¿«Alégrate» o «Ave»?

El saludo de Gabriel comienza con la palabra griega: chaire. En su sentido básico puede traducirse como «alégrate», aunque en este contexto también funciona como una fórmula de saludo. La traducción latina de Lucas la expresó como ave, palabra que pasó posteriormente al castellano en la expresión «Ave María».

La diferencia no es trivial. «Alégrate, María» implica una invitación al gozo. «Ave María» conserva la forma de un saludo latino. «Dios te salve, María», en castellano, transforma la expresión en una fórmula religiosa cuyo significado ya no coincide exactamente con el de la palabra griega.

Cada traducción ilumina una posibilidad diferente. Aquí aparece uno de los fenómenos que encontramos también en el padrenuestro: una palabra lleva consigo un campo de asociaciones que puede modificarse al pasar de una lengua a otra.

En el avemaría, aquella palabra que originalmente formaba parte del saludo de Gabriel termina convirtiéndose en la primera palabra de una oración dirigida a María.

Kecharitōmenē: «llena de gracia»

Después de chaire aparece otra palabra griega de importancia, Kecharitōmenē. Está relacionada con charis, «gracia». Su forma verbal no se limita a describir una cualidad momentánea. El participio puede entenderse como la expresión de una gracia recibida y de una condición que permanece: María es presentada como aquella que ha sido favorecida por la gracia.

De allí surge la traducción tradicional «llena de gracia». La expresión latina gratia plena tuvo una influencia decisiva en la tradición cristiana occidental y quedó incorporada a la fórmula del avemaría.

Una vez más, una decisión lingüística contribuyó a fijar una determinada manera de comprender el texto.

«El Señor es contigo»

El saludo continúa con otra expresión breve: «El Señor es contigo». La formulación tradicional castellana utiliza «es», no «está».

La diferencia tiene una resonancia teológica significativa. «Está contigo» puede ser entendido como la constatación de una presencia circunstancial. «El Señor es contigo» posee una resonancia distinta. La traducción moderna «está contigo» resulta más habitual en el español contemporáneo y se acerca mejor al uso verbal actual, aunque modifica la resonancia teológica.

Las palabras de Isabel

La segunda gran voz del avemaría aparece cuando María llega a la casa de Isabel. Al verla, Isabel exclama: «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre».

Estas palabras completarán la primera parte de la oración. Isabel no estaba pronunciando una fórmula mariana. Estaba reaccionando ante la presencia de María y ante el hijo que llevaba en su vientre.

La tradición posterior separó esas palabras de aquella escena y las reunió con las de Gabriel. Así, dos momentos distintos del Evangelio terminaron formando parte de una oración.

«Bendita tú eres entre todas las mujeres»

La expresión de Isabel sitúa a María dentro de una tradición bíblica en la que determinadas mujeres son reconocidas por su participación en acontecimientos decisivos de la historia de Israel.

En el relato de Lucas, Isabel está hablando con María. Muchos siglos después, esa frase será pronunciada sin pensar en aquella escena como un diálogo. Las palabras cambiaron de función. Ya no son una exclamación de Isabel, sino una aclamación de una comunidad de creyentes.

«Bendito es el fruto de tu vientre»

La expresión contiene una imagen concreta: el fruto del vientre.

El lenguaje bíblico utiliza con frecuencia imágenes relacionadas con la semilla, la tierra, el fruto y la fecundidad. La expresión tiene la imagen corporal y concreta del hijo que una mujer lleva en su vientre. La tradición cristiana la leerá posteriormente a la luz de la Encarnación y añadirá el nombre de Jesús, haciendo explícita esa interpretación teológica.

Cómo se unieron las dos voces

¿Quién decidió unir las palabras de Gabriel y las de Isabel? No se conoce un autor único ni un momento preciso.

Podemos reconstruir un proceso gradual. Durante los primeros siglos cristianos, las palabras del Evangelio fueron utilizadas en contextos litúrgicos y devocionales. Con el tiempo, las fórmulas dirigidas a María comenzaron a asociarse.

En Oriente, la unión de elementos procedentes de Lucas aparece tempranamente en himnos y textos litúrgicos. En Occidente, el proceso fue más lento y la fórmula fue adquiriendo progresivamente su forma propia, especialmente dentro de la tradición monástica y de las prácticas de devoción mariana, es decir, de las distintas formas de oración, veneración, himnos y prácticas religiosas desarrolladas en torno a María.

No parece haber existido desde el comienzo un proyecto consciente destinado a construir la oración que hoy conocemos.

Al comienzo circulaban palabras bíblicas empleadas en la liturgia. Más tarde se reunieron en una misma salutación, a la que se incorporaron el nombre de Jesús y diversas fórmulas de invocación. Con el tiempo, una de esas variantes terminó imponiéndose como forma estable. La oración fue construyéndose a través del uso.

Theotokos: una nueva voz

Mientras la fórmula basada en Gabriel e Isabel iba adquiriendo una presencia cada vez mayor, la reflexión teológica cristiana desarrollaba nuevos títulos para María. Uno de los más importantes fue Theotokos, palabra griega que suele traducirse como «Madre de Dios» o «la que da a luz a Dios».

El término ya tenía antecedentes antes del Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431. La controversia cristológica de aquellos siglos hizo que adquiriera una importancia doctrinal decisiva. Éfeso no inventó el término, confirmó su lugar dentro de la doctrina cristiana frente a la controversia acerca de la naturaleza de Cristo.

Aquí aparece un nuevo actor en la construcción del avemaría: la tradición teológica de los primeros siglos.

Pero hay que distinguir dos acontecimientos. Una cosa es la aparición y consolidación del título Theotokos; otra, bastante posterior, es su incorporación a la oración que conocemos como avemaría.

La expresión «Santa María, Madre de Dios» no pertenece a las palabras de Gabriel ni a las de Isabel. Cuando aparece en la oración, ya no estamos ante una escena del Evangelio. Estamos ante una invocación.

La oración comienza a dirigirse directamente a María. Este cambio muestra hasta qué punto el avemaría fue modificando las funciones de las palabras a lo largo del tiempo. Primero se habla con María. Después se habla de María. Finalmente se le habla a María.

De la salutación a la súplica

La segunda parte del avemaría se formó mucho más tarde que la primera. La incorporación de «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros…» pertenece a un proceso medieval. Existen testimonios de diferentes fórmulas de petición y no puede atribuirse con seguridad la composición completa a un único autor ni señalar una fecha única.

Algunos testimonios de fórmulas suplementarias aparecen ya hacia fines del siglo XIII. No es todavía la forma completa que conocemos hoy, sino añadidos petitorios asociados a la salutación evangélica. Durante los siglos siguientes circularon diversas variantes, hasta que la forma occidental quedó fijada progresivamente y fue incorporada al Breviario romano promulgado por Pío V en 1568.

El avemaría se fue construyendo progresivamente como una oración devocional que terminó incorporando una dimensión claramente petitoria.

«Ruega por nosotros»

Con estas palabras aparece una función nueva. Gabriel no le pide nada a María. Isabel tampoco. Ambos hablan con ella, pero ninguno le solicita su intercesión.

Ahora, en cambio, quien reza dice: «Ruega por nosotros». Quien pronuncia el Ave María ya no está recordando las palabras que otros dirigieron a María. Está hablando directamente con ella y solicitándole que interceda.

También aparece por primera vez el «nosotros».

«Ahora y en la hora de nuestra muerte»

La última parte de la oración lleva esa súplica hasta el límite de la existencia: «Ahora y en la hora de nuestra muerte».

El avemaría comenzó como un saludo: «Alégrate». Continuó como una aclamación: «Bendita tú eres». Y terminó convirtiéndose en una petición: «Ruega por nosotros». El «ahora» pertenece al presente de quien reza. «La hora de nuestra muerte» proyecta la súplica hacia el momento final.

Actores de una oración construida a través del tiempo

Si miramos hacia atrás, podemos reconocer las distintas capas que fueron formando el avemaría.

Primero están Gabriel e Isabel, en el Evangelio de Lucas. Después las comunidades cristianas y la liturgia, que comenzaron a utilizar y reunir aquellas expresiones. Luego la reflexión teológica de los primeros siglos, que desarrolló títulos como Theotokos.

Más tarde intervienen los monasterios, las órdenes religiosas y la devoción mariana medieval, que contribuyeron a convertir aquellas fórmulas en una oración de uso habitual. Finalmente, las autoridades eclesiásticas participaron en la estandarización litúrgica, hasta llegar a la forma que se consolidó en Occidente durante el siglo XVI.

Lo que quedó en el camino

El viaje del avemaría muestra algo diferente al padrenuestro. En el padrenuestro seguimos fundamentalmente el desplazamiento de palabras y conceptos entre lenguas. En el Ave María seguimos, además, el proceso mediante el cual la oración fue creciendo con el tiempo.

Cuando hoy se pronuncia el avemaría, se escucha el eco de muchas voces que, durante siglos, fueron reuniéndose en una misma oración.

Bibliografía recomendada

Anderson, Michael Alan. “Enhancing the Ave Maria in the Ars Antiqua”. Plainsong and Medieval Music, vol. 19, n.º 1, 2010, pp. 35-65. Acceso abierto.

Carroll, Eamon R. “The Marian Spirituality of the Medieval Religious Orders: Medieval Devotion to Mary Among the Carmelites”. Marian Studies, vol. 52, n.º 1, artículo 11, 2001. Acceso abierto.

Cummings, Brian. French Books of Hours: Making an Archive of Prayer, c. 1400–1600. Cambridge University Press, 2012, capítulo 6: “Prayer to the Virgin Mary”. Acceso abierto.

Kennedy, Rebecca. An Edition of Marian Devotional Texts Extant in English Manuscripts of the Fifteenth and Early-Sixteenth Centuries. Tesis doctoral, University of Otago. Acceso abierto.


Descubre más desde Esencias de Letras

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.