Hay pinturas que me parecen bellas. Otras, a las que me dedico hoy, en las que reconozco figuras, colores, rostros, letras, números, pero en las que intuyo elementos relacionados de una manera que desconozco. Detrás de lo que veo hay una trama de correspondencias que no comprendo.
En algunas de estas obras aparecen escaleras que parecen conducir hacia otro lugar; en otras, astros, signos, números, figuras humanas y formas geométricas se encuentran unidos por líneas que recuerdan mapas, cartas astrales o partituras. Hay letras que parecen pertenecer a un alfabeto desconocido y símbolos que reconocemos de antiguas tradiciones, aunque integrados en combinaciones nuevas.
¿Estas pinturas esconden un lenguaje? Esta pregunta es especialmente apropiada para acercarnos a un singular artista argentino, para el que los signos no eran simplemente elementos de una composición. Para él formaban parte de una búsqueda que atravesó toda su vida: encontrar relaciones y construir, a partir de esas relaciones, una manera diferente de comprender el mundo.
Un nombre simbólico
El artista al que me refiero nació en San Fernando, en 1887, con el nombre Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari.
La posterior transformación de ese nombre en Xul Solar contiene ya una declaración de principios. Schulz se convirtió en Xul (la palabra lux, luz, resuena en esa elección). y Solari conservó su relación con el sol. No sabemos si leer el nombre como un programa de vida o como una de las transformaciones que Xul realizó sobre las palabras. Pero el nombre elegido es una primera pista.
Desde muy joven mostró intereses diversos. Estudió arquitectura durante un tiempo, pero no siguió ese camino. Su formación artística fue en gran medida autodidacta. En 1912 viajó a Europa y aquel viaje terminó ocupando doce años de su vida.
Europa significó para él mucho más que el encuentro con nuevas corrientes artísticas. Londres, París, Italia y Alemania le permitieron entrar en contacto con las vanguardias, pero fundamentalmente con ideas espirituales, religiosas y filosóficas que tendrían una influencia decisiva en su obra.
Xul buscaba, creo, algo más allá de una nueva manera de pintar. Buscaba otra manera de mirar.
Europa y los mundos invisibles
En Londres se acercó a la teosofía y a distintas corrientes vinculadas con las llamadas ciencias ocultas. Más tarde, en París, entró en contacto con Aleister Crowley, una de las figuras más controvertidas del ocultismo del siglo XX.
El encuentro con Crowley resulta especialmente interesante por su relación con el I Ching y por la importancia que las tradiciones simbólicas tendrían posteriormente en la obra de Xul. Pero no fue un discípulo de Crowley. Xul tomaba elementos de distintas fuentes y los incorporaba a una búsqueda propia.
También se interesó por Rudolf Steiner. En 1923 viajó a Stuttgart para asistir a sus conferencias sobre arte y educación.
Teosofía, astrología, Cábala, religiones orientales y occidentales, I Ching, ocultismo. La lista es abrumadora si se la contempla como un listado de creencias. Pero adquiere otro sentido cuando observamos qué hacía Xul con todo aquello. No buscaba una doctrina a la cual adherir. Buscaba relaciones.
Cada tradición le ofrecía un conjunto de símbolos, correspondencias y formas de interpretar la realidad. Xul los incorporaba, los transformaba y los ponía en contacto con otros sistemas.
Conocer y crear comenzaban a ser, para él, dos actividades inseparables.
Un artista que inventaba lenguajes
Tal vez por eso Xul no se conformó con pintar. Inventó lenguas. Creó el neocriollo, pensado como una forma de comunicación entre los pueblos de América Latina, y trabajó en la construcción de una panlengua, concebida como un idioma universal. Modificó alfabetos, experimentó con sistemas de escritura y desarrolló juegos que también podían convertirse en sistemas simbólicos. Uno de ellos fue el panajedrez, vinculado con los planetas y el zodíaco.
Todo esto puede parecer extraño si pensamos en el artista como alguien dedicado exclusivamente a producir obras de arte. En Xul, las fronteras entre pintura, escritura, música, juego, astrología y pensamiento son mucho más difíciles de establecer.
La misma inquietud parece atravesarlo todo. ¿Cómo establecer relaciones entre cosas diferentes? ¿Cómo crear un lenguaje que permita expresar esas relaciones? ¿Cómo encontrar una forma de comunicación que vaya más allá de los idiomas existentes?
Xul no solamente quería decir cosas nuevas, quería modificar las herramientas con las que los hombres podían decirlas.
Los signos que aparecen en el mundo
Esta búsqueda ayuda a comprender sus pinturas. En ellas aparecen letras, números, cruces, astros, escaleras, serpientes, figuras humanas, animales, arquitecturas, banderas y formas geométricas. Algunos elementos pertenecen a tradiciones reconocibles. Otros parecen haber sido inventados por el propio artista.
Pero sería un error intentar encontrar para cada uno de ellos una traducción única. Las pinturas de Xul no son mensajes cifrados que podemos resolver mediante un diccionario secreto.
Lo importante no es qué representa cada signo, sino qué relaciones establece con los demás. Una estrella puede vincularse con un número. Un número, con un planeta. Un planeta, con una figura humana. Una palabra, con un color. Una forma geométrica con una idea espiritual. El significado surge de la red.
Quizá por eso sus cuadros producen la particular sensación de no estar frente a una imagen, sino ante un sistema.
Místicos: ascender hacia otra realidad
Entre las obras que permiten acercarnos mejor a esta dimensión se encuentra Místicos, realizada en 1924. La primera impresión es la de un pequeño universo vertical. Las figuras parecen disponerse en distintos niveles. Hay escaleras, signos, formas geométricas y una serpiente que atraviesa la composición.

Místicos, de Xul Solar. Sala 27. Museo Nacional de Buenos Aires
Hay algo que asciende. Las figuras participan de un movimiento que lleva la mirada hacia arriba. Las escaleras refuerzan esa sensación de tránsito. La serpiente introduce otra dimensión simbólica: aparece asociada, en diferentes tradiciones, con la sabiduría, la renovación y la inmortalidad.
En Xul los símbolos no permanecen aislados. Se encuentran unos con otros y construyen una escena que pertenece simultáneamente al mundo visible y a otro territorio.
Místicos puede contemplarse entonces como una pintura sobre la búsqueda de una realidad situada más allá de lo inmediato.
Zodíaco: el mundo como una trama de correspondencias
Casi treinta años después, en 1953, Xul pintó Zodíaco. Aquí el movimiento es diferente. Ya no encontramos solamente una escena que parece conducir hacia una dimensión espiritual. Aparece, con mayor claridad, un sistema de relaciones.

Zodíacos (1953), acuarela de Xul Solar. Museo Xul Solar
La pintura tiene algo de carta astral, de mapa y de escritura al mismo tiempo. Uno puede imaginar que está mirando un universo cuyas partes se comunican entre sí.
Eso resulta significativo en Xul Solar. La astrología no aparece solamente como un repertorio de signos zodiacales. Propone una relación entre el hombre y el cosmos. El cielo se convierte en un sistema de correspondencias.
En Zodíaco, esas correspondencias adquieren forma visual. Los elementos no están simplemente colocados unos junto a otros. Allí encontramos una de las claves de toda la obra de Xul Solar: el mundo no está compuesto por cosas aisladas, sino por relaciones que podemos intentar percibir y representar.
La música también parece encontrar un lugar en ese universo. Para Xul, las diferentes artes podían comunicarse entre sí. Color, sonido, palabra, número y forma podían formar parte de una misma estructura. Su interés por la música no era un aspecto marginal de su actividad. Formaba parte de una concepción más amplia según la cual distintas formas de expresión podían establecer correspondencias.
Buenos Aires y Borges
En 1924 Xul regresó a Buenos Aires junto con Emilio Pettoruti. La ciudad estaba viviendo una transformación cultural profunda. Las vanguardias comenzaban a modificar la escena artística y literaria, y Xul encontró allí un ambiente en el que sus búsquedas podían entrar en diálogo con otros escritores y artistas.
Participó del entorno de la revista Martín Fierro y estableció una amistad con Jorge Luis Borges. La relación entre ambos resulta particularmente sugerente. Borges estaba fascinado por los laberintos, las lenguas, las religiones, los sistemas simbólicos, las bibliotecas, los mundos imaginarios y las preguntas acerca de aquello que se encuentra detrás de la realidad visible.
Xul construía, literalmente, algunos de esos mundos. Ambos compartían una curiosidad que no se conformaba con la superficie de las cosas. Pero mientras Borges encontraba en la literatura una forma privilegiada de explorar esos territorios, Xul lo hacía mediante imágenes, signos, lenguas, juegos y sistemas.
Los San Signos
El interés de Xul por el I Ching lo llevó todavía más lejos. El antiguo libro chino está organizado alrededor de 64 hexagramas, combinaciones de líneas enteras y quebradas a las que la tradición atribuye distintos significados. Xul realizó una serie de visiones vinculadas con esos 64 signos y las reunió bajo el nombre de Los San Signos.
La experiencia simbólica que aparecía en sus pinturas se transformó también en escritura. Xul describe visiones, paisajes, personajes y acontecimientos en un lenguaje propio, el neocriollo. Intenta narrar aquello que los signos le permiten ver. Así, la pintura, la escritura y el pensamiento vuelven a encontrarse.
¿Qué buscaba Xul Solar?
Después de recorrer su vida, sus pinturas y sus experimentos, podemos formular de otra manera la pregunta que planteamos al comienzo.
Xul Solar buscaba una forma de conocimiento capaz de reunir aquello que la cultura había separado. Pintura y escritura. Color y sonido. Arte y religión. Oriente y Occidente. Número y símbolo. Hombre y universo.
Su esoterismo formaba parte de esa búsqueda y su intento fue de una extraordinaria amplitud.
No se limitó a adoptar sistemas existentes. Los mezcló, los transformó y creó otros. Inventó palabras porque las lenguas conocidas le parecían insuficientes. Inventó juegos porque el juego podía convertirse también en una forma de conocimiento. Exploró la astrología porque encontraba allí una manera de relacionar al hombre con el cosmos. Recurrió al I Ching porque sus signos podían abrir otros caminos de percepción.
Y pintó porque necesitaba dar una forma visible a su búsqueda, que hoy en día podemos intuir en sus pinturas.
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