En los últimos años, plataformas como YouTube se han convertido en una de las principales vías de acceso a la información y el conocimiento para millones de personas. Este cambio no es menor. No se trata solo de un nuevo formato, sino de una transformación creciente —que en muchos casos pasa inadvertida— de la forma en que conocemos.

Cada vez más, se brinda la posibilidad de comprender el mundo a través de imágenes, relatos breves y narrativas audiovisuales diseñadas para captar la atención. Esto tiene claras ventajas, pero también un problema: el contenido más visible y atractivo no siempre es el más confiable.

Hace unos días analicé tres videos de YouTube: uno sobre Göbekli Tepe y supuestas armas ancestrales, otro sobre catástrofes inexplicables en la prehistoria, y un tercero sobre la misión Artemis II, poniendo a prueba sus fuentes y contenidos. El resultado me permitió observar con claridad esto que acabo de decir.

Un fenómeno real convertido en misterio

Un ejemplo interesante es el del Mare Orientale. Se trata de una enorme cuenca de impacto en la Luna, de unos 900–1000 km de diámetro, formada hace aproximadamente 3.800 millones de años por el choque de un gran asteroide. Es una de las estructuras mejor conservadas del sistema solar y presenta múltiples anillos concéntricos, algo que la geología planetaria explica mediante modelos de colapso gravitacional de la corteza luego de impactos masivos.

Sin embargo, estos anillos —visualmente perfectos— se prestan fácilmente a interpretaciones erróneas. Varios videos analizados los presentan como “estructuras inexplicables” o incluso como evidencia de procesos desconocidos. Esto revela un punto clave: que un fenómeno sea complejo o no completamente reproducible en laboratorio no significa que sea inexplicable.

La ciencia no funciona como un sistema de certezas absolutas, sino como un proceso de aproximaciones sucesivas. Los modelos científicos pueden ser incompletos o no totalmente comprobados sin ser incorrectos. Pero el lenguaje que utilizan estos videos de supuesta divulgación transforma esa incertidumbre propia del método científico en la puerta de entrada a un misterio oculto.

La simulación del conocimiento

Aunque muchos de estos contenidos pueden clasificarse como pseudocientíficos, el problema es más amplio, ya que no se limita a la ciencia. El mismo mecanismo aparece en videos sobre historia, cultura, política o fenómenos sociales: una narrativa que simula rigor utilizando lenguaje técnico, referencias fragmentarias y estética documental, pero sin respetar los métodos de validación propios de cada disciplina.

No se trata solo de “falsa información”, sino de una forma de discurso que imita la autoridad del conocimiento sin sostenerla. Esto genera la impresión de que el conocimiento —sea científico, histórico o social— es frágil, insuficiente o, en algunos casos, tiene aspectos ocultos que requieren ser revelados.

Un cambio en la forma de conocer

El problema central no es únicamente el contenido de los videos, sino el efecto que provocan en quienes los consumimos. La exposición reiterada a este tipo de contenidos puede terminar por darnos la idea de que siempre hay algo oculto detrás de lo visible, desplazando la atención desde la evidencia hacia la narrativa. Poco a poco, lo que impacta emocionalmente comienza a pesar más que lo que puede verificarse.

Este proceso también debilita la disposición a la duda crítica, ya que podemos habituarnos a aceptar explicaciones sugerentes sin exigir el mismo nivel de prueba que demandaríamos en otros contextos. De este modo se configura un cambio más profundo, que puede describirse como epistemológico.

En términos simples, no cambia solo lo que sabemos, sino cómo decidimos qué es verdadero. En lugar de evaluar fuentes, métodos o coherencia interna, nuestro criterio puede pasar a estar dominado por la fuerza del relato, su capacidad de asombro y su promesa de revelar algo que otros no muestran.

El papel del dichoso algoritmo

Para entender por qué este tipo de contenido se vuelve cada vez más frecuente, es necesario comprender qué es un algoritmo. En este contexto, un algoritmo es un conjunto de reglas matemáticas y lógicas que una plataforma utiliza para decidir qué contenido muestra a cada usuario en función de su comportamiento previo.

En plataformas como YouTube, este sistema analiza de manera constante qué videos miramos, cuánto tiempo lo hacemos, qué temas captan nuestra atención y con qué frecuencia interactuamos. A partir de esa información, el sistema aprende nuestros patrones de consumo y comienza a ofrecernos contenidos similares.

Esto genera un efecto acumulativo. Si alguien ve varios videos de misterio, teorías alternativas o relatos impactantes, el sistema interpreta que ese tipo de contenido le interesa y aumenta progresivamente su presencia en las recomendaciones. Con el tiempo, esto puede derivar en una especie de entorno cerrado donde predominan siempre los mismos temas y enfoques.

No se trata de una decisión consciente de manipulación hecha por YouTube, sino de una lógica de optimización de la atención. El objetivo del sistema no es informarnos mejor, sino mantenernos el mayor tiempo posible dentro de la plataforma.

¿Se puede influir en el algoritmo?

Es posible hacerlo, aunque de manera limitada y progresiva. Por ejemplo, clickeando el dedito para abajo al pie del video. Algunas interfaces también permiten indicar que un contenido no resulta relevante. Cuando esa opción está disponible, suele encontrarse en el menú asociado al video, generalmente representado por tres puntos. Al desplegar ese menú, puede aparecer la opción “No me interesa”, que al seleccionarse le comunica al sistema que reduzca la aparición de contenidos similares.

Sin embargo, esta acción no elimina por completo ese tipo de videos, ni produce un cambio inmediato. Su efecto es gradual y depende del conjunto de nuestros comportamientos. De hecho, el algoritmo aprende mucho más de lo que vemos que de lo que rechazamos, por lo que la selección activa del contenido sigue siendo el factor más determinante.

Leer vs ver: dos formas de acceder al conocimiento

Existe una diferencia importante entre leer y ver. La lectura suele ser un proceso más lento, que permite detenerse, releer, comparar ideas y establecer relaciones. Esto favorece una actitud más reflexiva y crítica frente al contenido.

El video, en cambio, ofrece una experiencia inmediata, más intensa desde el punto de vista emocional y más fácil de consumir sin interrupciones. Esa fluidez lo vuelve especialmente atractivo, pero también reduce la distancia crítica con lo que se presenta.

Por eso, el predominio del formato audiovisual no es solo un cambio tecnológico, sino también cognitivo. Además de cambiar el soporte del conocimiento, modifica la forma en que lo incorporamos.

Una responsabilidad activa

En un contexto donde la información es prácticamente ilimitada para quien accede a internet, el desafío principal ya no es conseguir los datos, sino aprender a evaluarlos. Esto implica desarrollar una actitud activa frente a lo que consumimos, seleccionando con criterio, contrastando lo que nos afirman y evitando aceptar como verdadero aquello que simplemente nos resulta convincente.

Esta responsabilidad no es menor, porque cada elección contribuye a moldear el entorno informativo en el que nos movemos. Lo que vemos, lo que ignoramos y lo que repetimos participa nada menos que en la construcción de nuestra propia visión del mundo.

Cómo reconocer un video pseudo-científico

Un video de este tipo suele presentar algunas características recurrentes. En primer lugar, adopta un tono de revelación, sugiriendo que está mostrando algo oculto o ignorado por la mayoría. En segundo lugar, mezcla datos reales con interpretaciones infundadas, sin distinguir claramente entre evidencia y especulación. También es frecuente que use lenguaje técnico fuera de contexto, lo que genera una apariencia de rigor sin sostenerlo.

A esto se suma una fuerte apelación a la emoción —especialmente al asombro o al misterio— como principal motor del interés, junto con una tendencia a evitar o desacreditar fuentes verificables, reemplazándolas por filtraciones, teorías marginales o supuestas omisiones institucionales.

El algoritmo propone y el hombre dispone

Dado su funcionamiento, el algoritmo nos propone que podríamos ver, pero la decisión final de lo que vemos sigue siendo nuestra. Cada elección —cada video que observamos, cada contenido que dejamos pasar— contribuye a moldear el entorno informativo en el que vivimos. La atención nunca es un acto pasivo: al elegir qué mirar, estamos decidiendo cómo pensar.

Y en ese gesto silencioso —mirar, detenerse, elegir— se juega algo más que nuestras preferencias: se define la manera en que entendemos el mundo. Porque en una época donde el acceso a la información es prácticamente ilimitado, el verdadero desafío no es encontrar datos, sino aprender a reconocerlos y validarlos.


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