Continuando el post publicado el 30 de mayo de este año, hoy desarrollo qué ocurre cuando la idea de los campos mórficos se desplaza del plano científico al simbólico–relacional.
En el post anterior dejé planteada una pregunta: ¿y si el problema no es que la teoría de los campos mórficos este equivocada, sino que no encuadra en el territorio científico en el que Rupert Sheldrake eligió ubicarla? Hoy la desarrollo porque creo que su respuesta tiene consecuencias que dan sustento a la teoría del biólogo británico.
La idea fue formulada en un plano donde no funciona, el de la verificación científica. Veamos qué pasa si la desplazamos al plano simbólico, donde creo que sí puede funcionar.
Desplazar una idea de plano
Una teoría científica —en el sentido de las ciencias naturales— describe el mundo de una manera que puede ser confirmada o refutada: propone mecanismos, predice resultados, se somete a la prueba empírica. Ese es su criterio de validez, y es legítimo dentro de su territorio. Pero no es el único modo de producir conocimiento sobre la realidad.
Las ciencias sociales y humanas también operan con otro método: interpretan, comprenden, buscan sentido. No siempre verifican hipótesis sobre mecanismos causales sino que iluminan tramas, contextos, significados. En este caso su criterio de validez es la coherencia interpretativa, la capacidad de dar cuenta de la experiencia y de abrir comprensiones que antes no existían. Cuando propongo desplazar los campos mórficos al plano simbólico, los estoy llevando a ese segundo territorio para aplicarles el tipo de rigor que considero les corresponde.
Una idea en el plano simbólico no aspira a verificarse sino a iluminar. Esto es adecuado para quienes trabajan con sistemas humanos y necesitan categorías explicativas. El objetivo es operar en el plano de los significados, las tramas relacionales, los patrones que organizan la realidad.
Hay un precedente claro en este sentido en la historia del pensamiento. Sigmund Freud pasó años intentando anclar el psicoanálisis a la neurología de su época. Pero en cierto momento tuvo que soltar ese anclaje para que sus ideas pudieran desplegarse. No porque la neurología estuviera equivocada, sino porque el psicoanálisis describía algo en un plano diferente —el de los significados, no el de las neuronas— y ese plano tiene sus propias reglas.
La autoorganización y la emergencia
Hay dos conceptos cientificos que suelen aparecer como explicaciones suficientes para lo que ocurre en sistemas complejos (como los que aborda un campo mórfico): la autoorganización y la emergencia. No obstante, esos dos conceptos no son suficientes para explicar la idea de campos morficos.

La autoorganización describe cómo un sistema complejo genera orden desde adentro. Explica, por ejemplo, la formación de copos de nieve, el comportamiento de bandadas de pájaros o ciertos procesos de mercado. Pero tiene un supuesto: las unidades que se organizan son equivalentes entre sí e interactúan siguiendo reglas simples y locales.
En un sistema humano —una familia, un grupo, una institución— eso no ocurre. Hay una historia, asimetrías de poder, posiciones simbólicas que no se eligen, mandatos que operan sin ser enunciados. La autoorganización no tiene categorías para nada de eso.
La emergencia señala que el todo tiene propiedades mayores a la suma de sus partes. Pero esto es esencialmente una descripción, no una explicación. Decir que algo es emergente es señalar que sucede algo que no se deriva de sus elementos. Pero esto no explica por qué se manifiesta un patrón y no otro, cómo se sostiene en el tiempo y qué lo organiza.
Hay algo en ciertos sistemas —especialmente los humanos— que esos dos conceptos no capturan completamente: el patrón que los organiza, que tiene una dimensión de sentido, no solo de estructura. Esa dimensión no está distribuida igualmente entre los miembros, no se deduce de las interacciones locales, tiene una historia y una dirección, opera aunque nadie la conozca conscientemente, y genera ciertas respuestas mientras hace improbables otras.
Los campos mórficos en clave simbólica
Cuando desplazamos la idea del campo mórfico al plano simbólico, aparece una categoría para hablar de eso que los sistemas humanos tienen y que las otras categorías no capturan: una lógica que organiza sin estar en nadie en particular, que precede a los individuos y los excede, y que es completamente real en sus efectos aunque no pueda medirse.
En ese plano, el campo no es una entidad física que transmite información a través del espacio. Se trata de patrones relacionales que nos preceden, nos superan y condicionan lo que es posible dentro de un sistema. Eso incluye las formas familiares que se repiten sin que nadie las enseñe explícitamente, los climas grupales que están en el aire antes de que alguien hable, los modos de vincularse que aparecen una y otra vez en contextos distintos, las configuraciones de sentido que una cultura comparte sin haberlas acordado.
Todos esos hechos están en un plano intermedio, relacional, histórico, portador de sentido. Y el término campo nombra ese plano con una precisión que otras palabras no tienen.
Una propuesta distinta
La propuesta de Sheldrake ubica al campo mórfico como entidad física real, causal y en principio medible. Según este biologo actúa en la naturaleza del mismo modo que otros campos conocidos por la física.
Pero hasta el presente no se ha demostrado cientificamente que los campos morficos existan.
En cambio, hay campos que operan en el plano simbolico-relacional entre los miembros de un sistema particular: familias, grupos, instituciones, que tienen su historia específica y su lógica propia.
En tal sentido, un campo morfico se establece entre las personas, en la trama que las vincula, y es histórico, ligado a un contexto concreto y portador de sentido.
Qué estoy haciendo en este post
Simplemente tomo una idea formulada en un plano donde no funciona, y la desplazo al plano donde sí puede funcionar. Este es un procedimiento riguroso, propio de las ciencias humanas y sociales. Su validez no se mide por verificación experimental sino por su capacidad de dar cuenta de la experiencia, de abrir preguntas, de ofrecer categorías que permitan ver lo que antes era difuso.
Una distinción que importa
Si creemos que el campo morfico es físico, buscamos medirlo y cuando no podemos, lo dejamos de lado por considerarlo no científico. Si creemos que es un campo intrapsíquico, perdemos de vista lo que ocurre entre las personas. En cambio, si lo entendemos como una categoría simbólico-relacional, podemos trabajar con él sin perder de vista las interacciones, los contextos y los distintos niveles en los que ese campo se configura.
Necesitamos una categoría que respete la irreductibilidad de lo colectivo, no solo en lo humano, sin volverse difusa o imprecisa. Y creo que la noción de campo morfico, desplazada de su pretensión científica, puede ser esa categoría.
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Reconocés en tu propia experiencia ese algo que organiza sin estar en nadie? ¿En tu familia, en algún grupo al que hayas pertenecido, en una institución, en un país?
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