Hay preguntas que uno no elige del todo. Aparecen, se instalan y permanecen años sin respuesta, como si no quisieran develarse. Para mí, la guerra es una de ellas.

Me refiero a la guerra no como capítulos de los manuales de historia, sucesión de batallas, enfrentamientos, tratados de paz incumplidos y muertes innecesarias, sino como condición persistente en el ser humano, una constante que atraviesa los siglos con una obstinación difícil de aceptar y comprender.

De niño vi la guerra por primera vez en una pantalla de cine. Tenía nueve años y mi madrina me llevó a ver The Longest Day, traducida aquí como El día más largo del siglo, sobre el desembarco aliado en Normandía durante la Segunda Guerra Mundial. No recuerdo quién la eligió, ni tampoco demasiado de aquella tarde. Pero algunas imágenes quedaron grabadas en mi memoria con nitidez: el mar, el desembarco, los soldados avanzando bajo el fuego, las explosiones, hombres cayendo sobre la playa, la sensación de gigantesco caos.

A esa edad yo no estaba en condiciones de comprender la dimensión humana de lo que veía. Pero sí percibía que la guerra producía simultáneamente horror y fascinación. Tal vez el cine contribuya a eso; convierte la destrucción en relato, la tragedia en épica, el espanto en aventura, la locura en imágenes difíciles de olvidar.

Una escena de The longest day que no olvido desde los 9 años

Muchos años después, la guerra volvió a cruzarse en mi vida de otra manera. Tenía veintinueve años, estaba casado y tenía dos hijos pequeños cuando comenzó la Guerra de las Malvinas. Trabajaba en Radio Nacional Argentina, que inició sus transmisiones desde las islas, en Puerto Argentino, el 4 de abril de 1982.

Recuerdo el clima de aquellos días. La radio parecía respirar distinto. El país entero también. Había miedo, exaltación, confusión, patriotismo, manipulación, incertidumbre. Todo mezclado. Y en medio de ese estado emocional colectivo tuve la absurda idea de ofrecerme como voluntario para trabajar en la radio desde Malvinas.

Años después volví muchas veces sobre ese pensamiento porque me resultaba extraño. ¿Qué fuerzas podían haberme llevado a imaginar siquiera esa posibilidad teniendo una familia, hijos pequeños y una vida por delante? ¿Y cuáles otras fuerzas —afortunadamente— me hicieron desistir? La pregunta permanece.

Uno quisiera creer que la guerra pertenece siempre a otros: a los militares, a los fanáticos, a los líderes, a la historia, a los nacionalistas, a los “patriotas”, a los mercenarios. Pero a veces descubre, incómodamente, que ciertas corrientes subterráneas también nos atraviesan como personas comunes.

Las guerras mienten. Eduardo Galeano

En el verano de 1932, Albert Einstein le escribió una carta a Sigmund Freud preguntándole si existía algún medio para librar a la humanidad de la guerra. Einstein comprendía que el problema no era solamente político o económico. Intuía que había algo más profundo. Freud respondió señalando dos impulsos fundamentales del ser humano: Eros, la fuerza que une y crea, y Thanatos, la pulsión destructiva. La guerra es para Sigmund el rostro colectivo de esa pulsión destructiva.

Muchos siglos antes, Heraclito había afirmado que “la guerra es el padre de todas las cosas”. No lo decía celebrándola, sino señalando que el conflicto forma parte de la estructura misma de la realidad.

Carl Jung desarrolló la idea de la sombra: todo aquello que no aceptamos de nosotros mismos y terminamos proyectando afuera. Desde esa perspectiva, las guerras pueden entenderse como inmensas proyecciones colectivas. El enemigo encarnaría aquello que negamos en nosotros.

Jiddu Krishnamurti sostuvo que mientras exista la división psicológica entre “nosotros” y “ellos”, la guerra continuará bajo distintas formas. Para él, la violencia no comienza en los campos de batalla sino en la mente humana.

George Gurdjieff, brinda una visión particularmente inquietante. Afirma que el ser humano vive dormido, movido por automatismos, emociones mecánicas, identificaciones y reacciones que cree propias pero que no controla. Desde ese estado de falta de conciencia y división interna, las guerras son consecuencias inevitables y cumplen un propósito que ignoramos.

Creemos elegir, pero casi siempre somos elegidos por fuerzas que desconocemos. Hay algo perturbador en esa idea. Las grandes catástrofes humanas no provendrían solamente de ideologías o ambiciones políticas, sino principalmente de la falta de conciencia de millones de individuos que somos incapaces de observarnos y conocernos a nosotros mismos, como proponía la inscripción en el pronao del templo de Apolo, en Delfos.

Las guerras se repiten una y otra vez bajo distintos nombres, banderas, discursos, excusas y antinomias. Religiones que predican el amor terminan justificando matanzas. Civilizaciones refinadas producen campos de exterminio. Naciones cultas arrojan bombas sobre ciudades. La historia humana oscila permanentemente entre la creación y la destrucción.

Algunos autores contemporáneos, como Steven Pinker, sostienen que la violencia ha disminuido en términos históricos. Tal vez sea cierto estadísticamente. Pero mientras escribo estas líneas hay multitud de guerras en distintas partes del mundo y personas muriendo en ellas sin haberlas elegido ni compartido, solo sufrido. El dato sigue ahí, incólume.

Pienso en aquellas dos escenas separadas por veinte años. El niño sentado en un cine mirando fascinado el desembarco en Normandía. Y el adulto frente a una radio encendida, imaginando por un instante viajar hacia una guerra real. Entre ambas escenas hay algo difícil de nombrar. Una pregunta demasiado humana.

¿Qué es exactamente lo que la guerra toca en nosotros? No escribo esto para sacar conclusiones. Tal vez no hay conclusión posible.

Freud habló de pulsiones. Jung de la sombra. Krishnamurti de la división interior. Gurdjieff del sueño y la falta conciencia. La historia, mientras tanto, sigue acumulando ruinas y muertes.

La guerra es un espejo oscuro donde la humanidad continúa viendo algo de sí misma que no logra comprender. No pretendo comprenderlo. Simplemente, como Cicerón, prefiero la paz más injusta a la más justa de las guerras.


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