En un post anterior En busca del silencio dije que cada vez lo valoro más. Hoy vuelvo a la carga sobre el tema, tal vez porque me obsesiona como tantos otros temas a los que regreso con la quimérica intención de llegar a alguna conclusión válida. Pero qué más hay en la vida que tratar de clarificar con palabras aquellas cuestiones que las palabras no pueden acotar.
Desde ya que no me voy a referir al silencio que deviene de la ausencia de ruido, sino al silencio positivo, el que se origina en su presencia. Podemos decir tal vez que la oscuridad es la ausencia de luz; a falta de luz nos sumergimos en la oscuridad. Pero no podemos decir que a falta de ruido nos sumergimos en el silencio.
El silencio no es sólo un atributo exterior que percibimos por los sentidos, es también una cualidad interior que unicamente se alcanza apaciguando nuestros pensamientos y nuestra imaginación. En ausencia de ruido externo podemos estar muy lejos del silencio. Y en medio de un bar plagado de conversaciones que nos rodean podemos apreciar, a veces, nuestro silencio interior. El verdadero silencio es ajeno al acontecer, es ajeno al transcurrir, habita fuera del tiempo.
Según expresa Maurice Maeterlink, en un ensayo cuyo link les dejo «la vida verdadera, y la única que deja alguna huella, está hecha de silencio». Y añade: …»lo que ante todo ustedes recordaran de un ser amado profundamente, no son las palabras que dijo o los gestos que hizo, sino los silencios que ustedes vivieron juntos…», porque según él: «No podemos hacernos una idea exacta de ése que jamás se ha callado. Podríamos decir que su alma no ha tenido cara…», pues: «…incluso los que saben hablar lo más profundamente, sienten claramente que las palabras no expresan nunca las relaciones reales y especiales que existen entre dos seres…»
Desde otra óptica, Ariel Torres expresa en un artículo publicado en el diario La Nación: «Amo el silencio. Desde que recuerdo, desde niño, he dedicado muchas horas a estudiarlo. Quiero decir, a escucharlo. He descubierto que adopta mil formas y que es en realidad muy difícil encontrar siquiera un instante de verdadero, absoluto silencio. Sería ése, tal vez, un hallazgo aterrador». Y expresa sobre su esencia: «No es ausencia de sonido. Ni es presencia de sonido. El silencio tiene su propia sustancia aterciopelada, y existe sólo en la medida en que escuchemos bien lejos y bien hondo. Es, pues, una paradoja».
Señala el historiador francés Alain Corbin que “en otros tiempos, los occidentales apreciaban la profundidad y los sabores del silencio”. Dice que “lo consideraban como la condición del recogimiento, de la escucha de uno mismo, de la meditación, de la plegaria, de la fantasía, de la creación, sobre todo, como el lugar interior del que surge la palabra”.
Todo esto lo contrapone Corbin al olvido y al miedo que provoca el silencio en la actualidad. ¿Por qué nos cuesta tanto parar el ruido, por qué necesitamos estar permanentemente conectados a las redes sociales y a los medios de comunicación?
Expresa Corbin “Hoy en día, es difícil que se guarde silencio, y ello impide oír la palabra interior que calma y apacigua. La sociedad nos conmina a someternos al ruido para formar así parte del todo, en lugar de mantenernos a la escucha de nosotros mismos”,
En su libro Historia del silencio. Del Renacimiento a nuestros días, – que comparto al pie- Corbin bucea en la cultura, en la literatura, en el arte, en el cine, en la religión, para acercarnos a un espacio que se ha ido perdiendo a medida que la sociedad se ha entregado a la velocidad y a las satisfacciones materiales como objetivo primordial. Sin embargo, hoy deberíamos cada vez más revalorar el silencio.
Que disfruten una silenciosa semana.
Otra vislumbre del silencio: El silencio (ensayo), de Maurice Maeterlink
Ariel Torres: Breve ensayo sobre el silencio
Descubre más desde Esencias de Letras
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.