Escuché de tanto en tanto a Alejandro Dolina a lo largo de los años en muchos de sus programas de radio, particularmente «La venganza será terrible», un espacio con 40 años de historia, y uno de los más longevos y populares de la radio argentina. Mas, por alguna extraña razón, nunca había leído un libro de su autoría hasta hace unos pocos meses.

Fue entonces que, buscando algo en donde hincar el cerebro, aterricé por azar en mi tablet sobre «Bar del infierno», la única obra que tenía de Dolina, publicada en 2006.

Luego de leerlo con fruición, averigué que es una obra derivada de un ciclo de televisión con el mismo nombre, que se emitió en 2003 por la TV Pública, en programas de 15 minutos de duración que aún pueden verse en YouTube y que francamente no me entusiasmaron demasiado. El libro se basa en la misma idea del programa, aunque su desarrollo es independiente y, desde mi punto de vista encantador, mucho más sugestivo, como suele serlo la literatura con relación a la televisión.

Por tal motivo, comparto hoy con ustedes algunos fragmentos e incluyo este libro que me encantó en PDF para que lo puedan leer, ya que según me han dicho en las librerías está agotado. Comencemos por el principio:

El bar es incesante. Es imposible alcanzar sus confines. Del modo más caprichoso se suceden salones, mostradores, pasillos y reservados.

Nadie ha podido establecer nunca cuál es la puerta del bar. La opinión mayoritaria es que no hay forma de salir de él. Sin embargo, muchos buscan la salida. Es el sueño romántico más frecuente de este tugurio. Hombres jóvenes, inconformes, beligerantes, eligen una dirección cualquiera y avanzan desaforadamente buscando la puerta, o el centro, o la explicación del bar.

Generalmente, nadie vuelve a verlos. Algunos regresan mucho tiempo después, casi siempre por el lado contrario al que eligieron para irse.

El cafetín es un laberinto. Nuestro destino es extraviarnos en sus encrucijadas. Pero algunos presienten una verdad aún más terrible: no se puede salir del bar no por la falta de puertas, ni por la disposición caprichosa de sus instalaciones, sino porque no hay otra cosa que el bar. El afuera no existe.

Si es verdad que los parroquianos están condenados a vagar perpetuamente por los mismos lugares, también es cierto que sus conductas se repiten del mismo modo inevitable. Pero ellos no lo saben. Se mueven con soberbia, como si decidieran sus propias acciones. Y no es así. Sólo cumplen con ajenas voluntades. Los mozos, los músicos, los borrachos, las prostitutas y los jugadores están aquí desde el comienzo de los tiempos y aquí permanecerán, recorriendo trayectos ancestrales con aires de inauguración.

Cada tanto, un viento de loca esperanza entra en el bar. Misteriosamente los parroquianos empiezan a creer que todo tiene un propósito, que cada uno de sus patéticos esfuerzos está destinado a un logro final y que fuera del bar hay cielos límpidos y amores venturosos que darán sentido hasta al último de los versos oscuros.

El hombre a quien llaman el Narrador de Historias está obligado a contar un cuento cada noche, cuando el reloj da las doce.

Nadie le presta atención. Anda siempre con unos libros grasientos. En ellos hay según se dice infinitos relatos.

Los libros son siete, o acaso cinco. Existe la sensación de que cada uno sigue preceptos diferentes.

Ada, la bruja, ha dicho que el Libro Rojo contiene un solo relato y que ese relato revela los secretos de la libertad. Pero el Narrador jamás abre el Libro Rojo.

El Libro Blanco contiene falsos secretos; el Libro Verde Clarito es igual al Libro Amarillo.

A veces, los ladrones roban los libros del Narrador. Algunos parroquianos pagan por ellos unas monedas y tratan de leerlos. El desengaño es inevitable. Las páginas están escritas con una tinta sutil que se borra al tomar contacto con el aire. Una y otra vez, el Narrador recupera los libros y los ladrones vuelven a robarlos.

Con el tiempo se han hecho torpes duplicados y ya no se sabe si los textos que lee son los verdaderos, o copias fieles, o relatos falsos.


Luego de este curioso inicio, se engarzan cerca de 100 relatos más o menos breves, extrañamente relacionados y con un trasfondo que hace honor a la introducción: incertidumbre, paradoja, inelubilidad, extraños personajes que se entremezclan. Todos escritos en una prosa fluida y florida, que atrapa y da ganas de seguir adelante buscando alguna conclusión que casi nunca llega, o lo hace de forma inesperada. Para llegar a un cierre que nos deja en el mismo lugar donde comenzamos:

Los Hombres Sabios llegaron al anochecer. Estaban todos los que conocíamos y también algunos a los que no habíamos visto nunca.

¡Silencio! gritó un loro.

¡Silencio! repitieron los Hombres Sabios.

El más anciano se subió a una silla y leyó un papel arrugado.

Dentro de unos instantes, unos estallidos simultáneos abrirán agujeros en estas infinitas instalaciones. Durante años hemos rastreado las paredes que lindan con el exterior. Sabemos cuáles son los muros tras de los cuales está la libertad. Todo será fácil.

¡Basta de repeticiones! dijo un sabio.

¡Basta de repeticiones! dijeron todos.

El anciano pidió silencio y luego, con aire solemne, preguntó:

¿Quiénes quieren acompañarnos en nuestro viaje hacia la libertad?

Algunos levantaron la mano. Otros ni siquiera prestaron atención. El Narrador, el coro y las prostitutas más hermosas estaban entre los más entusiasmados.

Al rato se oyó un modestísimo estampido.

¡Ha sido la explosión!

¡Aquí! ¡Aquí! Ada, la bruja, descubrió una abertura en el fondo del salón.

Vámonos, salgamos dijo el sabio más anciano.

¡Abajo el determinismo! repitieron los loros.

Uno a uno fueron pasando por el hueco. La pared ciertamente era muy endeble. Con unas cuantas patadas, el agujero se hizo tan grande como una puerta. Mientras los fugitivos lanzaban gritos de victoria y despedida, el resto de los parroquianos volvía a sus holganzas habituales.

El grupo caminó un rato en la más profunda oscuridad. Después siguieron por un largo sendero bordeado de árboles. Anduvieron junto a un arroyo y justo al amanecer llegaron a una cascada. Un poco más tarde se detuvieron a descansar en un bosque. Reanudaron la marcha al anochecer. Cerca de la medianoche encontraron una playa y se sentaron en la arena, bajo el brillo de las estrellas.

Es inútil se lamentó el más viejo de los Hombres Sabios.

Nunca saldremos de aquí repitió el loro.

El Narrador, a la luz de un fósforo, empezó a leer con voz temblorosa.


Los invito a adentrarse en el «Bar del Infierno» con el presentimiento de que lo van a disfrutar, aunque corran el riesgo de no poder salir nunca más de sus confines.


Descubre más desde Esencias de Letras

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.