En el post sobre Taş Tepeler surgió la pregunta sobre si la civilización comenzó necesariamente con la ciudad, el Estado y la escritura, o si esa definición es el resultado de una tradición historiográfica algo estrecha fundamentada en la Mesopotamia y Egipto. Hoy nos trasladamos a América.

En Taş Tepeler, que abarca sitios de la actual Turquía, señalé cómo, hacia el 10.000–8.000 a.C., comunidades aún sin cerámica ni metalurgia erigieron complejos monumentales que desafiaban la secuencia clásica de desarrollo: agricultura, sedentarismo, religión organizada.

Pero si Taş Tepeler cuestiona cuándo surgió la monumentalidad, el sitio de Monte Verde, en Chile, excavado sistemáticamente por Tom Dillehay desde la década de 1970, cuestiona desde cuándo debemos empezar a hablar de presencia humana organizada en América.

Contexto geomorfológico del sitio Monte Verde en el marco más amplio de la glaciación (o depósitos glaciares) de Llanquihue, Chile.

Antes de Clovis

Durante gran parte del siglo XX dominó un modelo conocido como “Clovis First”. Según esta hipótesis, los primeros habitantes de América pertenecían a la cultura Clovis, que fue identificada en el actual estado de Nuevo México, Estados Unidos, por sus puntas de proyectil acanaladas. Sus dataciones rondaban aproximadamente los 11.000 a.C.

El esquema explicativo era el siguiente. Durante la última glaciación, el nivel del mar descendió y dejó expuesto un puente terrestre —Beringia— entre Siberia y Alaska. Desde allí, se pensaba que grupos humanos habían descendido hacia el sur atravesando un corredor interior libre de hielo que se abrió entre las capas glaciares que cubrían Canadá. Según ese esquema, dicho corredor habría sido la vía principal —casi exclusiva— del poblamiento americano.

El cambio de paradigma migratorio

La migración hacia América se produjo hacia el final del Último Máximo Glacial. Durante ese período, enormes masas de hielo cubrían el norte del continente americano y el nivel del mar estaba más de cien metros por debajo del actual.

El modelo tradicional sostenía que solo cuando un corredor interior libre de hielo quedó transitable —varios milenios después del máximo glacial— fue posible la expansión humana hacia el sur de América.

Aparece Monte Verde

Sin embargo, las excavaciones iniciadas por Tom Dillehay en la década de 1970 en el sur de Chile, hicieron salir a la luz la existencia de Monte Verde. Sorprendentemente, las dataciones resultaron cercanas a los 12.500 a.C. Esto indicaba que ya había grupos humanos en el extremo sur de Sudamérica antes de la cronología aceptada según el modelo Clovis First para el supuesto “primer” poblamiento norteamericano.

Si Monte Verde estaba ocupado hacia 12.500 a.C., el calendario ya no encajaba del todo con la hipótesis Clovis. Por tanto, comenzó a consolidarse la idea de una migración costera temprana. Grupos humanos habrían avanzado bordeando el litoral del Pacífico, desplazándose gradualmente y aprovechando recursos marinos y costeros mucho antes de que el corredor interior estuviera plenamente abierto. La costa habría funcionado como una autopista relativamente estable.

Vale decir: el poblamiento americano probablemente fue más complejo, más temprano y más diverso en rutas de lo que se pensaba.

Mapa de los sitios Monte Verde y Chinchihuapi que muestra los distintos sectores del sitio, las excavaciones en bloque, los sondeos exploratorios y las perforaciones (núcleos) realizadas durante la temporada de excavación de 2013.

Organización sin monumentalidad

A diferencia de Taş Tepeler, Monte Verde no presenta arquitectura monumental. No hay pilares tallados, ni recintos ceremoniales delimitados en piedra. Se halló otra forma de complejidad.

Las excavaciones revelaron restos de estructuras de madera alineadas junto a un antiguo curso de agua, cubiertas con pieles y vegetación. En el interior se identificaron fogones cuidadosamente delimitados, áreas diferenciadas para la preparación de alimentos y espacios que sugieren actividades domésticas organizadas. Restos de mastodonte indican aprovechamiento de megafauna, mientras que una notable diversidad de plantas —algunas comestibles, otras con posibles usos medicinales— muestra un conocimiento detallado de esa zona y redes de movilidad que superaban el entorno inmediato.

Se estima que el grupo que ocupó el sitio pudo estar compuesto por unas pocas decenas de personas, quizá entre 20 y 40 individuos, integrados en una red regional más amplia en el sur andino. No se observó Estado. No se encontró escritura. No se descubrieron ciudades. Pero sí planificación, cooperación y transmisión intergeneracional de saber.

Otros indicios tempranos en el continente

Monte Verde no es la única mosca blanca. En Pensilvania, Estados Unidos, el abrigo rocoso Meadowcroft Rockshelter proporciona dataciones que algunos investigadores consideran anteriores a Clovis. En el estado de Oregón, también en Estados Unidos, las Paisley Caves ofrecen evidencia genética y material que apunta a ocupaciones pre-Clovis.

Excavaciones y hallazgos en Meadowcroft Rockshelter

Cada uno de esos sitios, con debates y matices propios, contribuyó a erosionar la idea de un único ingreso tardío al continente.

Civilización: un concepto bajo examen

En Taş Tepeler se encontró monumentalidad organizada antes de la agricultura plenamente establecida. En el sur de Chile se aprecia ocupación estructurada miles de años antes de cualquier forma de urbanización o jerarquía estatal.

Ambos casos desestabilizan la definición clásica de civilización heredada del siglo XIX, que la asocia casi exclusivamente con ciudades, escritura y Estado centralizado.

En Monte Verde no aparecen signos de jerarquías institucionalizadas. No hay arquitectura diferenciada que sugiera concentración de poder. Tampoco enterramientos con riqueza desigual que indiquen estratificación permanente. Esto no implica ausencia de organización, sino otro tipo de organización basada en un liderazgo probablemente situacional, vínculos de parentesco, consenso grupal y cooperación flexible.

Si en Taş Tepeler la pregunta es si puede haber complejidad simbólica antes del urbanismo, en Monte Verde la pregunta es: ¿puede admitirse complejidad social sin monumentalidad, sin escritura y sin Estado?

Escritura, memoria y tradición oral

La escritura transforma la memoria colectiva, pero no la inicia. Durante milenios, el conocimiento ecológico —como el que evidencia Monte Verde en su uso diversificado de plantas y recursos— fue transmitido oralmente. Esa transmisión implica memoria social, continuidad y acumulación de experiencia.

Si reducimos la civilización a lo escrito, se vuelven invisibles vastos períodos de organización humana no documentada gráficamente. El desplazamiento conceptual no consiste solamente en ampliar cronologías, sino en ampliar categorías.

Una redefinición en marcha

Taş Tepeler desplaza el surgimiento de la monumentalidad organizada hacia fechas inesperadamente tempranas. Monte Verde desplaza la presencia humana estructurada en América hasta, al menos, 12.500 a.C.

Ambos casos muestran que los umbrales que solían fijarse como “comienzos” son convenciones interpretativas. Cuando cambian las evidencias, cambian los inicios.

Monte Verde no fue una civilización en sentido clásico. Pero lo central es advertir que las bases de lo que más tarde hemos reconocido como civilización —cooperación sostenida, organización del espacio, transmisión de conocimiento, proyección colectiva en el tiempo— han existido mucho antes de las ciudades y la escritura.

Tanto Taş Tepeler como Monte Verde modifican no solo la cronología, sino la perspectiva: la historia humana ha sido un proceso continuo, profundo y acumulativo. Los grandes hitos —templos, ciudades, textos— emergieron sobre una trama mucho más antigua de experiencias compartidas.

Esa trama, tanto en Turquía como en el extremo sur de América, obliga a mirar el origen no como un punto fijo, sino como un horizonte que se desplaza cada vez que aprendemos a hacer mejores preguntas.


Referencias académicas (open access)


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